Croacia y Venecia (Día 5). Sibenik. Primosten. Trogir. Kastela.

Día 5. Sibenik. Primosten. Trogir. Kastela

Tras una hora en coche llegamos a Sibenik. Hemos recorrido más de la mitad de la costa croata, habiendo omitido muchas islas y penínsulas que nos hubiese gustado visitar.

Aparcamos el coche justo delante del puerto. Es pequeño, íntimo, colocado allí como la punta de lanza de un conjunto de callejuelas que le dan al pueblo un aire muy medieval. Empezamos a subir una de ellas, empinada y estrecha como todas las demás y a cuyas fachadas de piedra apenas les llega la luz del sol. Nuestro objetivo es llegar a lo más alto donde un castillo nos espera, la Fortaleza de Santa Ana.

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Damos un paseo por el exterior de las murallas invadidas por la vegetación que se asoma por los recovecos de entre las piedras. Justo delante nuestro, encima de otra colina, vemos la muralla de otro castillo, aunque aquél con una antena asomada de su interior. Parece ser que no había otro sitio mejor. Aunque no son especialmente interesantes, pues ambos castillos no parecen conservar más que sus murallas exteriores, venir hasta aquí es una buena excusa para pasear por el casco antiguo de Sibenik. Y a pesar del calor, que hoy aprieta.

Ya de bajada ubico en el mapa las siguientes visitas. Primero entramos al jardín medieval del Monasterio de San Lorenzo. Es pequeño pero muy coqueto, así que aprovechamos para tomar un café en su interior. El jardín cuenta con plantas medicinales, fuentes de agua y preciosos y cortos senderos. Paseando por él de repente me encuentro en un mirador hacia el interior de una gruta, abierta por el otro costado, donde la estatua de una mujer te mira fijamente. Menudo susto se da Marta.

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Bajando por una callejuela, a apenas unos metros nos encontramos con centro del casco histórico de Sibenik. En una bonita plaza donde destaca la Catedral de Santiago, construida en 1441, cuya característica más peculiar es el friso de 71 cabezas que plasman expresiones de sosiego, enfado, orgullo o temor. La catedral es grande y con muchos detalles en los que prestar atención. Justo delante de ella me llama la atención un armónico conjunto de columnas que resulta ser el ayuntamiento, construido entre 1533 y 1546.

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Y ya de vuelta al coche la compleja relación entre montaña, casas y callejuelas nos ofrece una composición muy curiosa. El rincón, que parecería abandonado si no fuera por un hombre que se asoma a la ventana, se muestra ante nosotros como una nota final de lo que es el interesante y peculiar casco histórico Sibenik. Recomendable.

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Serpenteamos por carreteras costeras. Aquí especialmente me parece bonita la mezcla entre paisajes semiáridos, pinos y los diferentes azules del mar, un paisaje tan típicamente mediterráneo. Apenas nos cruzamos con algunas urbanizaciones que le dan un toque de color a esos paisajes.

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Tenemos la intención de parar para hacer snorkel en algunas calas que nos parecen espectaculares pero no queremos cambiar los planes que tenemos para el día de hoy. Y así, embelesados por el entorno, llegamos a Primosten. Antes de acceder al casco urbano no tardamos en ponernos de acuerdo en que primero vamos a buscar una cala en la que pasar la mañana. La tentación hasta llegar aquí ha sido fuerte. Con esa intención, tomamos una calle que se aleja del saliente en el que se encuentra el casco antiguo. Y acertamos de pleno. El color del agua es increíble y sumado a las vistas del pueblo conforman una fotografía de postal.

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Lo que es propiamente la playa de arena es muy estrecha, así que plantamos nuestro campamento base bajo un árbol, a escasos centímetros del frontal de uno de los coches aparcados en batería. Hay una buena sombra y el agua está apenas a unos pasos. Justo detrás hay un supermercado, donde intentamos componer una comida decente con las cuatro cosas que venden. Y así, durante algunas horas disfrutamos una vez más de la maravillosa costa croata.

Ya es primera hora de la tarde y tenemos aún kilómetros que recorrer. Nuestra intención es dormir en Trogir, relativamente cerca de Split, ciudad que pretendemos visitarla mañana por la mañana. Antes de dejar atrás Primosten quiero visitar su casco antiguo. A Marta no le apetece y decide quedarse esperando en el coche. Paso por debajo de la puerta de entrada y tomo la calle que sube hacia la derecha. La arquitectura de las casas es muy parecida a la de los pueblos que hemos ido viendo, con un aire medieval, aunque el lugar parece más turístico por el tipo de establecimientos y los guiris en bañador que deambulan por aquí. Apenas dos minutos después llego a lo más alto, donde se encuentra una iglesia cuyo campanario debe ser el que veía desde la playa y un cementerio con unas increíbles vistas al mar. Yo quiero que me entierren aquí el día que me muera. Vuelvo atrás, hago un par de fotos de la plazoleta y puerta de la entrada y me subo al coche para continuar haciendo camino.

Seguimos las indicaciones hacia el casco antiguo de Trogir hasta que nos aparece a nuestra derecha. La ubicación de Trogir resulta peculiar puesto que está ubicado en un islote a escasos metros de la costa continental, unidos por un puente. Entre un denso tráfico intentamos localizar un lugar donde aparcar el coche para empezar a buscar alojamiento. Resulta imposible. Sin darnos cuenta desembocamos en el puente que une el islote con otra isla más allá, la isla de Ciovo, ésta de mayor tamaño. Más curiosidades de la geografía croata. Y vemos un hueco frente a una oficina de turismo, en la que nos dicen que no hay alojamiento en el pueblo. Ni siquiera hacen el amago de llamar a alguien para preguntar, no por falta de interés, sino porque parece que es impensable encontrar una zimmer aquí. El tráfico y el gentío que hay en las calles vienen a confirmarlo. Así pues, busco en las guías algún pueblo cercano y que tenga algo interesante que visitar, y sin mucho que rascar, encuentro el nombre de Kastela. Damos media vuelta, surfeando entre el denso tráfico mientras me quedo embobado mirando las preciosas fachadas del casco antiguo de Trogir.

Llegamos a Kastela con la intención de encontrar alojamiento antes de proponernos otra cosa. El ambiente aquí es muy de cámping de la Costa Daurada. Primero preguntamos en una calle tranquila y cubierta de árboles. No hay nada. Seguimos buscando y damos con un hombre sin camiseta de unos 50 años. Ancho, bruto, tosco y que seguramente 20 años atrás estaría empuñando una kalashnikov. Es el perfil de hombre de los Balcanes que cualquiera puede imaginarse. El señor, con un perfecto croata, pues no se le entiende absolutamente nada, nos señala el coche. Parece que quiere que le llevemos a algún sitio. Al principio dudamos pero lo vemos tan natural que accedemos. Se sube al coche sin camiseta, sudado, tranquilo como si aquello no fuera con él. Como nos cuesta entender lo que significa izquierda, derecha o recto, ya que tampoco gesticula demasiado, se empieza a reir y con claros signos de empeño nos enseña lo que significa cada palabra: lijevo, pravo, ravno… empezamos a entendernos. Incluso entre risas los croatas son bastos, tan bastos como amables son. Me caen muy bien. Ya compenetrados, primero nos lleva a la casa de una señora que nos muestra un apartamento. El precio se nos dispara, aunque por sus dimensiones y estado es realmente bueno. Le decimos que no y la señora, sin perder ni un ápice de amabilidad, nos despide. Volvemos al coche y siguiendo sus indicaciones llegamos a una bonita casa con un plácido jardín. Parece la casa de alguien más aposentado económicamente, pero nuestro hombre croata, sin ponerse la camiseta y tan campechanamente toca el timbre. Otro hombre, éste con apariencia de ex comandante de las fuerzas croatas, abre la puerta, y ambos, empiezan a discutir como si debatieran sobre los movimientos de las tropas en el frente. No sabemos si discuten sobre la comisión de nuestro improvisado guía o si el hombre más mayor le dice al primero que no quiere más huéspedes, pero finalmente el General Petrovich, tal y como hemos apadrinado al dueño de la casa, con un gesto marcial nos da a entender que podemos entrar a la casa.

Ya en el coche empezamos a callejear para encontrar los palacetes fortificados que los nobles dálmatas construyeron aquí para evitar las invasiones de los turcos. Leo en las guías que concretamente hay 7 de estas fortificaciones. Con algunos nos cruzamos pero no nos entusiasman y otros somos incapaces de encontrar, así que como aún quedan algunas horas de sol, decidimos plantar la toalla en una playa justo al lado de uno de los palacetes fortificados, Kastel Gomilica. Sin nada interesante que llevarnos de allí, previo paso por nuestra habitación para acicalarnos, nos dirigimos al esperado pueblo de Trogir.

Volvemos a cruzar los puentes para llegar a la isla más alejada, pasando de largo entremedias el islote de Trogir. Dejamos el coche en una calle que discurre paralela al islote para ir hasta él a pie mientras vemos desde la distancia aquellas fachadas y tejados que me ensimismaron horas antes, ahora iluminadas con una tenue luz naranja. A pié de costa cientos de cabecitas van de izquierda a derecha y al revés por el amplio paseo marítimo bordeado de bares y cafés. Trogir, Patrimonio Mundial desde 1997, es muy pero que muy turístico.

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Cruzamos el puente y nos adentramos en la primera callejuela que parece discurrir hasta el corazón del islote. Es precioso. Los suelos adoquinados brillan tanto como en Rovinj, las estrechas calles se muestran cálidas gracias a las lucecillas de decenas de aparadores de tiendas coquetonas. Lástima de la plaga de turistas que corretean por el islote, cantidad que llega incluso a agobiar, ya que sino posiblemente estaría en el pueblo con más encanto de Croacia.

Entre el gentío se nos abre a nuestra derecha una pequeña plaza donde se encuentra la perla de la población, la Catedral de San Lovro, construida entre los siglos XIII y XV. Entre figuras, un bonito portal y diversas escenas, destaca la torre de 47 metros de altura. Me lamento que sea de noche y no pueda subir a la torre y pararme a observar con detenimiento el conjunto.

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Después de cenar en una bucólica terraza de un restaurante recorremos algunas callejuelas más hasta desembocar en el muelle, justo en el extremo del islote. Por el mismo paseo, unos metros más atrás nos ha quedado el Palacio Lucic, después una iglesia cuyo nombre no encuentro y más allá, hacia donde vamos, está la Fortaleza de Kamerlengo, un fuerte medieval del s. XV que en su día conectaba con las murallas de la ciudad. Si alguna vez estoy en Croacia en temporada baja estoy seguro de que pernoctaré aquí para empaparme mucho más de esta preciosa localidad.

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