Croacia y Venecia (Día 4). Plitvice. Zadar.

Día 4. Plitvice. Zadar

La entrada al Parque de los lagos de Plitvice está atestada de gente. Hay varias rutas, según el tiempo que uno quiera caminar, y el ticket tiene un suplemento si se utiliza la barcaza para un tramo concreto. Este parque con sus 19.5 Ha de colinas boscosas esconde 16 lagos de aguas turquesas comunicados por una red de cascadas y desniveles de agua. El sistema lacustre está dividido en dos franjas: los lagos de la parte superior y los de la inferior. Haremos una de las rutas más largas para alcanzar los lagos de la parte superior, rodeados de bosques frondosos y comunicados por alborotadas cascadas. Y utilizaremos el transporte en barcaza para tener tiempo de tomar al mediodía la carretera de vuelta a la costa croata. Pasamos las barreras y comentamos que un poco más allá podríamos haber entrado sin pagar. Al momento ese pensamiento se esfuma, no es ético, pero la picaresca latina en la que hemos crecido a veces no se puede evitar.

El trecking por el parque discurre entre pasarelas, caminos y varios lagos, sumando un total de 18 km de puentes peatonales. Está perfectamente señalizado. Cascadas, grutas, mucha vegetación tanto fuera como dentro del agua. Se respira naturaleza por los cuatro costados.

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A pesar del gentío de la entrada, el tamaño del parque excepto en algunos puntos concretos lo dispersa suficientemente como para sentirme conectado con el lugar. El agua toma unas cambiantes tonalidades verdes y turquesas bellísimas. ¿Vale la pena el duro trayecto hasta Plitvice? Por supuesto que sí. Para explicar los motivos me remito a las fotos que estoy tomando.

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Tres horas y media y estamos de nuevo en la entrada del parque. Ahora el párking está ocupado por muchos más coches. Hemos hecho bien de venir a primerísima hora de la mañana, cuando abría el parque, no me quiero imaginar cómo estarán ahora las pasarelas que suben hacia el corazón del parque.

Otras cinco horas de trayecto para volver a la costa, ahora a un punto más al sur de la costa, concretamente a la ciudad de Zadar. A pesar de la paliza sigo convencido de que vale la pena para visitar Plitvice. Al entrar a Zadar recorremos con el coche algunas calles para situarnos y decidir por dónde empezar a buscar alojamiento. Menuda decepción. No sé si es fruto de las maravillas naturales de las que venimos y que han dejado el listón muy alto pero Zadar nos parece especialmente fea. Marta y yo discutimos si irnos de allí siguiendo la costa al sur o no. Yo opto por quedarnos, hasta el siguiente destino hay kilómetros y esta ciudad estaba anunciada en absolutamente todas las guías que he leído para informarme sobre Croacia, algo que no acabaré de entender nunca.

Me organizo mentalmente las visitas de la tarde. Primero vamos a buscar playa. Y la encontramos. Horrible. No es una cala, no es una playa, es un descampado que da a un mar de un soso color. Tras un rato perdiendo allí el tiempo volvemos a buscar el coche entre algunas fábricas y descampados abandonados. La siguiente visita es el centro, ubicado en un saliente de tierra. Pasamos por la Puerta de la ciudad de las antiguas murallas, la más elaborada de todas construida en 1573 con diversas inscripciones y un león veneciano, y nos adentramos por unas calles adoquinadas que nos llevan a la Iglesia de San Donato de principios del s.IX y construida sobre el antiguo foro romano, rodeada de restos romanos expuestos como un poste de castigo y columnas con relieves de figuras mitológicas. El lugar no está mal pero a Marta ya la he perdido, está malhumorada y nada la va a hacer cambiar. Debería haberla escuchado y habernos ido de aquí.

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¿Qué más tiene la ciudad? Hay un bar, el Garden bar, del que hablan muy bien las guías. Tras zigzaguear por algunas calles que me desaniman más llegamos al mencionado bar. No está tan mal, sin techar y con vistas al puerto, nos sentamos en una de los muchos sofás y nos pedimos un cocktail. Pero la ciudad sigue pareciéndome algo pobre, a pesar de que estamos obviando varios edificios históricos. Es una carrera contrarreloj para evitar el desastre.

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Y nos queda una última carta: el Órgano del mar. Es un sistema de tubos y silbatos que emiten sonidos cuando el movimiento del oleaje hace que el aire salga por sus orificios. Cruzamos algunas calles del saliente en el que se encuentra el centro de Zadar, calles que empiezan a no parecerme tan horribles, hasta llegar a la esquina más occidental donde un cúmulo de personas sentadas esperan el momento de esta atracción.

La luz cada vez es más tenue, creando una almaragama de colores naranja que parecen abrazar el reflejo del sol en unas olas que mecen sinuosamente. De repente se escucha un sonido, apagado en comparación a lo que viene después. El órgano empieza a sonar, como si el mar tuviera unas manos con las que tocar al ritmo de sus movimientos el instrumento cuyos sonidos parecen venidos desde el mismísimo corazón de la tierra que pisamos. La conjunción de luces y sonidos crea una atmósfera mansa, suave y anestesiada. En este momento me da igual si Zadar merecía la pena o no, si acertamos o erramos, simplemente busco disfrutar del momento. Lástima que esa magia se vea perturbada por las voces de los desconocidos que nos acompañan, no sólo porque esté abarrotado de gente, sino porque en momentos como éste me vuelvo algo intolerante con todo lo que enturbia mi conexión con un lugar.

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Ya casi ha anochecido y decidimos poner fin a la jornada y dirigirnos a nuestra zimer bordeando la costa en vez de volver cruzar el saliente por el interior. Mañana nos iremos de Zadar, una ciudad cuyo plan idóneo, teniendo en cuenta que queda de paso al que recorra las costas croatas, es llegar para ver el atardecer en el órgano del mar, sobre todo obviando absolutamente todo lo que queda fuera de lo que queda de murallas y sin tener muchas expectativas porque puede decepcionar.

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