Croacia y Venecia (Día 3). Premantura. Plitvice.

Día 3. Premantura. Plitvice

Salimos del hotel desierto para disfrutar del lugar que hemos venido expresamente a ver: el Parque de Kamenjak, en Premantura, que ocupa la punta de la estrecha y alargada península. Llegamos a la entrada, pagamos el ticket de entrada y recorremos los caminos de tierra que van descendiendo hacia el mar. Vamos tomando bifurcaciones con el mar por la izquierda, el mar por la derecha, enfrente o detrás, hasta que dejamos el coche en una explanada preparada al efecto.

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Caminamos unos metros y un espectacular agua de intenso color turquesa se presenta ante nosotros. Me quedo prendado de los colores. Empezamos a bordear la costa. Primero una preciosa cala. Levanto la vista y metros más allá hay otra aún mejor. Así cada vez, nos es imposible decidir donde plantar los bártulos. Finalmente escogemos una, por aquello de dejar de caminar y sumergirnos en ese pequeño paraíso de una vez por todas. Apenas vemos unas pocas personas, cada una ubicada en su cala particular. Estoy pasmado.

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Durante dos horas me empacho a hacer snorkel, a saltar a la cala de al lado, a sentarme en unas rocas con caprichosas formas que se adentran en el mar, un mar que aunque siempre me ha dado respeto, aquí me inspira toda la confianza posible. ¿Yo haciendo el muerto boca abajo con el tubo y las gafas dejándome llevar por el movimiento del agua y sin más fin que contemplar el fondo marino? Impensable hasta que he conocido Croacia, donde más y mejor me he fusionado con el mar.

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Erizos de mar que justifican los pies de gato que hemos traído con nosotros, una costa que crea infinitos rincones, calas y piscinas naturales que curiosear, apenas unas decenas de personas alejadas unas de otras porque cada una puede escoger su pequeño edén. Premantura ha cogido sitio en mi lista de lugares mágicos, por lo que estoy viendo y no por circunstancias excepcionales que te atan emocionalmente a un sitio. Me lamento no haberle dedicado más días. La excusa perfecta para volver.

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Ya de vuelta al coche la nostalgia de no querer abandonar aquello nos impulsa a dar una vuelta por los caminos de tierra del parque. Vemos lo que parece una plataforma para cañones, seguramente una huella de la guerra que asoló la antigua Yugoslavia hace apenas dos décadas. Y ahora sí, nos encaminamos hacia Plitvice.

Cinco horas de trayecto que se han hecho bastante pesadas con el ataque incluido de una abeja a la espalda de Marta en plena marcha. Ese es el tiempo que aproximadamente se tarda en llegar a Plitvice, entre paisajes tan puramente Mediterráneos pero mucho más vírgenes que la devastada costa catalana, con carreteras de curvas que parecen traídas del Rally de la Costa azul y coches croatas circulando a velocidades que ponen nervioso a cualquiera. Leí que en Croacia conducen como locos pero los locos debemos ser nosotros porque nos parece que van como tortugas.

Ya en nuestro destino, rodeados de montañas verdes, decidimos alejarnos algo de la entrada propiamente al parque para buscar zimmers con habitaciones a mejores precios. Tomamos una calle empinada que acaba llevándonos a una pequeña urbanización rodeada de bosque y sin mucha dificultad encontramos habitación en una bonita casa con unas vistas que más quisiera tener yo desde el balcón de mi piso. Dejamos las maletas, salimos al exterior para ojear la casa y el entorno y aparece la dueña. Nos pregunta si queremos café. Todo un detalle. Entonces, la señora, con un gesto marcial nos pide que nos sentemos en la mesa del jardín. En Croacia todo lo que tiene que ver con la hospitalidad más que “pedirte que”, “te obligan a”. Es su forma de acogerte y en absoluto resulta brusca, pues al final se están preocupando porque te acomodes y estés lo mejor posible.

El café está malísimo, con un poso rancio. No es suciedad, el café es malo y la cafetera parece del medievo. Intentamos acabarnos la taza pero es imposible. Nos quedamos con la intención de la buena señora. Eso sí, las vistas del entorno natural en un jardín que no parece tener fin lo arreglan todo.

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Es tarde. Buscamos un restaurante para cenar. Hemos visto varios en la carretera principal. Tras ir de uno a otro, elegimos y cenamos muy bien a precios que en Barcelona son difíciles de encontrar.

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