Croacia y Venecia (Día 1). Venecia. Rovinj.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Venecia. Rovinj.
DÍA 2Rovinj. Bale. Pula. Premantura.
DÍA 3Premantura. Plitvice.
DÍA 4Plitvice. Zadar.
DÍA 5Sibenik. Primosten. Trogir. Kastela.
DÍA 6Ruinas de Solin. Split. Brela. Isla de Hvar.
DÍA 7Jelsa. Hvar. Milna.
DÍA 8Zavala. Stari Grad. Milna.
DÍA 9Ston. Mali Ston. Dubrovnik.
DÍA 10Dubrovnik. Isla de Mljet.
DÍA 11Mljet.
DÍA 12 y DÍA 13Mljet.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Rovinj, una monada de pueblecito costero para empezar a abrir boca en Croacia.Ver Venecia por primera vez en temporada alta (agosto), en apenas 6 horas y con las maletas a cuestas. Así no.

DIARIO

Son las 8.30h y estamos en el Vaporetto que nos llevará al epicentro de la ciudad de Venecia, una de las ciudades más bonitas de Europa compuesta por unas 120 islas unidas por más de 400 puentes, en cuyo centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no hay tráfico rodado ya que las calles se convierten en canales y los coches en embarcaciones pequeñas y grandes. A las 17.15h partirá el catamarán dirección a Rovinj, nuestra primera parada en Croacia, lo que significa que no tenemos muchas horas para disfrutar de una ciudad tan emblemática. Además, llevamos a cuestas las maletas porque no he sabido encontrar una consigna a pesar de que leí sobre su existencia en algún foro de internet. En definitiva estamos visitando de la peor forma posible una de las ciudades más bonitas del viejo continente.

Arranca el Vaporetto. Llegar al mismísimo centro de una ciudad en barco dice mucho de lo que significa Venecia, la ciudad de los canales. Me corroe la curiosidad, por lo que presto especial atención al recorrido. El Vaporetto discurre por el Canal della Giudecca que a pesar de tener poco encanto por la anchura del mismo está flanqueado por multitud de edificios de época situados a pié del mar. La estampa es muy fotogénica, la cámara de fotos saca humo a pesar de que la distancia, la falta de zoom de mi objetivo y la luz restan nitidez a las fotos.

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Llegamos a la parada de la Plaza de San Marco, la principal plaza de la ciudad. Desde el primer momento nos damos cuenta de lo que va a suponer llevar a cuestas las maletas, pues muchos canales se salvan a través de puentes con insufribles escaleras. Caminamos apenas unos metros y a nuestra derecha se abre un estrecho canal sobre el que se encuentra el famoso Puente de los Suspiros, el cual parece estar en obras por los enormes paneles publicitarios que lo ocultan casi al completo. El puente, construido en el s.XVII, une el Palacio Ducal con la antigua prisión de la Inquisición y debe su nombre a los suspiros de los prisioneros al ver por última vez el cielo y el mar. Seguimos caminando unos metros más y por fin desembocamos en la Plaza San Marco. Construida en el s.XI, la plaza siempre ha sido el centro de Venecia, la ubicación de todos los importantes de la República de Venecia y el foco de muchos festivales. Se le atribuye a Napoleón el apodarla el salón más bello de Europa. Por algún motivo me la imaginaba más grande pero Venecia no es de grandes espacios más allá del mar que la rodea. La plaza está absolutamente atestada de gente y allá donde ponga la vista no veo más que personas, personas y más personas. Me agobia pero rápidamente me abstraigo recreándome en la infinidad de detalles de sus edificios, tales como la Basílica de San Marcos, el Palacio Ducal o el campanario.

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Nos adentramos en una callejuela que se adentra desde la derecha de la plaza. Angostas aceras de apenas un metro y medio de ancho que acompañan a sinuosos canales mientras otros se pierden de vista serpenteando entre bellas fachadas que literalmente tocan el agua. Cada esquina desde la que nos asomamos aparece ante nosotros otro canal, otro puente, otra pequeña plaza hundida entre casas que parecen gigantes, otra callejuela que parece que nos aleja de aquí hasta que vuelve a llevarnos a otra angosta acera, otra barandilla, otro canal con una góndola surcando lentamente las aguas. Esto es Venecia. La arquitectura tan especial y los laberínticos recorridos de canales y callejuelas hacen de esta ciudad un concepto radicalmente diferente a lo que hemos visto hasta la fecha.

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Sin percatarnos del tiempo el reloj ha corrido una hora y el hambre apremia. Compramos unos trozos de pizza que son caros, como era de esperar. El parón nos hace tomar perspectiva, lamentándonos de no poder pasar ni siquiera una noche aquí para poder perdernos por su corazón al atardecer, con menos gente, con menos ruido, con menos luz, con más calma. Y sin las maletas que con cada escalón pesan un poco más.

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Desembocamos en una calle comercial en la que hacemos algunas compras. Tenemos la intención de aparecer en el Canal Grande y lo conseguimos. Como su nombre indica, es más ancho que los pequeños canales vistos tras el Canal della Giudecca, lo que permite ver las decenas de bellas fachadas alineadas una al lado de otra envolviendo el canal.

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La acera está abarrotada de gente y más aún conforme nos vamos acercamos al Puente de Rialto, el más antiguo de los cuatro puentes que cruzan el Gran Canal y probablemente el más famoso de la ciudad. Su nombre viene por la evolución e importancia del mercado de Rialto, que obligó a la construcción en 1250 de un puente de madera para asumir el tráfico fluvial, y tras diversos hundimientos a lo largo de la historia (una revuelta en 1310 y sobrepeso en 1444), fue construido el actual en piedra entre 1588 y 1591. Nos acercamos, lo cruzamos y nos alejamos para verlo con perspectiva.

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Entre el las visitas y el gentío hemos perdido la noción del tiempo. Si perdemos el catamarán nos quedamos en Italia. Nos entran las prisas. Subimos al Vaporetto que parecía que no llegaba nunca y no lo tengo claro, ya que según el mapa tenemos que dar una vuelta enorme. Pregunto a una chica que se encuentra en la cabina cuánto tiempo tarda en llegar a nuestro destino pero ni siquiera hace el amago de contestar. Miro el reloj y no llegamos. Vuelvo a preguntar y el capitán me dice que tenemos que bajar ahí mismo, justo en el momento en el que el chico que lleva los amarres hace el amago de soltarlos. Damos una carrera hasta la salida y apenas unos centenares de metros después llegamos al puerto. Por los pelos, parece que estos momentos de furor nos tienen que acompañar en todos los viajes.

Llegamos al ferry tras mostrar nuestros pasaportes empapados de sudor. Pero hemos llegado. Dejamos atrás Venecia, una bonita ciudad que no hemos podido disfrutar por las circunstancias pero que bien merecerá otra visita. Ahora empieza nuestra verdadera aventura. Partimos a Croacia.

Tras unas 3h metidos en el ferry, muy cómodo perotres horas son tres horas, llegamos a Rovinj. Al bajar del catamarán la primera imagen promete: en plena puesta de sol se presenta ante nosotros una pequeñísima península de tierra en la que se amontonan viejas casas, fachadas que se asoman al mar y erigiéndose entre todas ellas un bonito campanario.

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Empezamos la búsqueda de nuestro hotel. Todas las callejuelas que se sumergen en el pueblo son empinadas, adoquinadas con piedras de mediano tamaño perfectamente pulidas, brillando bajo nuestras pisadas. Llegamos al hotel y un señor muy amable nos atiende y nos enseña la habitación. El hospedaje en Croacia es diferente al de otros países. Aquí se estilan las rooms o zimmers, casas particulares que tienen en alquiler una o varias habitaciones y se anuncian con carteles en la misma calle. El hotel de Rovinj responde a esta idea a pesar de que reservamos desde Barcelona. En Croacia el dormir es otra forma de intimar con el país porque te obliga a tratar y ver de muy cerca a las personas, aunque la inmensa mayoría sólo hablen su idioma.

Ha llegado la hora de cenar. Salimos de nuestra zimmer y bajamos al puerto que nos recibe con el la marabunta de personas que deambulan entre los restaurantes y las iluminadas calles del puerto. Cenamos y antes de irnos a dormir paseamos de nuevo por las callejuelas de Rovinj apreciando un poco más los detalles. Casas y calles decoradas con plantas y flores, exposiciones de cuadros iluminados con tenues luces… Rovinj es precioso.

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