China y Hong Kong (Día 7). Hacia Ping’an.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Llegada a Beijing.
DÍA 2Ciudad prohibida. Plaza Tiananmen.
DÍA 3Parque Jingshan. Hutongs. Parque Beihai. Silk Market.
DÍA 4Muralla China. Hutongs. Torres del Tambor y la Campana.
DÍA 5Mercado de Wangfujing. Palacio de Verano. Templo de los Lamas.
DÍA 6Pingyao.
DÍA 7Hacia Ping’an.
DÍA 8Arrozales de Ping’an.
DÍA 9Ping’an. Yangshuo.
DÍA 10Balsa por el río Li. Bici por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 11Moto por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 12Yangshuo. Guilin.
DÍA 13Hong Kong continente (Kowloon).
DÍA 14Isla Lantau.
DÍA 15Hong Kong isla.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El hotelito rural. Lo podrías instalar en un bosque noruego y no desentonaría en absoluto.La paliza hasta Ping'an. Si valdrá la pena, lo sabremos mañana.

DIARIO

El cielo insinúa que hace poco que ha amanecido cuando nosotros ya estamos camino a la estación de tren. Llegamos con suficiente tiempo, preguntamos en taquilla y nos dicen que el tren que buscamos está lleno. Los siguientes no nos dejan a tiempo en Taiyuan. Se dan algunos segundos de histeria hasta que recuerdo que hay una estación desde la que parten autocares hacia nuestro destino. Salimos rápidamente, negociamos precio con el taxista y apenas unos minutos después llegamos a la estación. Nos acercamos a la taquilla y nos confirman que sale un autocar en breve. Alivio.

El autocar se dispone a salir de la terminal cuando vemos decenas de personas que practican la coreografía para algún evento que desconozco. Aquí, en medio de la calle y a estas horas de la mañana. Sin más novedades pasamos dos horas en el autocar hasta que llegamos a una gran urbe que según mi GPS es Taiyuan. Queremos bajarnos lo más cerca posible de la parada de la estación de tren porque desde ahí salen los autobuses el aeropuerto, así que me levanto de mi silla y me dirijo al conductor de autocar. No me entiende. Le enseño la Lonely, se unen los pasajeros de las primeras filas, pero ahí nadie me entiende. Una china me enseña un ticket pero no sé qué quiere ofrecerme, así que la ignoro. En una reacción instintiva hago el gesto, incluso cantado, de “chuuu chuuu”, pensando que así entenderán que quiero ir al tren. De repente, una sensación de silencio se apodera del autocar. Las chinas de las primeras filas se me quedan mirando con cara de sorpresa, como absortas. Me giro en dirección a Marta y veo decenas de cabezas asomadas de las butacas como si hubiera aparecido un alienígena en el autocar. Y Marta de fondo casi en el suelo de la risa.

Me quedo ahí en medio, con la gota de sudor en la cara. Tras algunos minutos casi parados por una calle con un denso e imposible tráfico, el autobús para. La mujer de las primeras filas nos llama. Decidimos bajar, más por llegar a un taxi que nos lleve a la estación de tren, esté lo lejos que esté, que no por confiar que nos haya entendido. Pero entonces la china me vuelve a enseñar el ticket. Resulta que quien no estaba entendiendo nada era yo, ¡es un billete de tren!

La seguimos, a ella y a la que parece su hija, hasta la zona de taxis. Los taxistas empiezan a abordarnos con precios cuando la mujer nos hace el gesto de que vayamos con ella. Entramos en el auto, discute con el taxista y mediante gestos nos dice que paguemos lo mismo que ella. Un importe irrisorio. Intuyo que el taxista quería cobrarnos precio de turista. Qué maja es la mujer.

Taiyuan

Llegamos a nuestro destino. Seguimos junto a ellas, cruzando una enorme avenida que está totalmente en obras. Es increíble la cantidad de obras públicas que estamos encontrando y más aún sus dimensiones. Se nota que China crece. Y por fin llegamos a la estación. Nos despedimos de la mujer y su hija que tanto nos han ayudado y con mis notas en mano nos dirigimos a la estación de autobuses entre excavadoras, vallas, enormes edificios y mucha gente.

Taiyuan

Salimos del aeropuerto de Guilin donde nos espera un chico con un cartel con mi nombre. Es Jason Gu, el mismo dueño del hotel que nos ha venido a buscar. Nos esperan varias horas de coche hasta Ping’an, un pueblecito ubicado en una zona montañosa donde nuestros primeros paisajes de arrozales en Asia nos esperan. Se nos hacen muy duras, a pesar de la amabilidad de Jason que explica y ofrece en un perfecto inglés.

Tras un viaje muy pesado en el que lo único llamativo han sido un par de accidentes de tráfico con los que nos hemos cruzado, llegamos a Ping’an. Está anocheciendo. Una pena, pues querría haber llegado con más tiempo para inspeccionar un poco el entorno. Subimos por un camino estrecho hasta nuestro hotel, de aspecto rural, donde la madera haya predomina y cuidado al mínimo detalle. Realmente es bonito y muy adecuado para el lugar en el que estamos, aunque hablo sin haber visto nada aún. Sin horas de sol dedicamos lo que queda de día a cenar un arroz y pollo hecho al bambú que Jason inteligentemente nos había ofrecido antes en el coche, arguyendo que necesita varias horas de cocción, que es cierto, pero obviando lógicamente que es el plato más caro de la carta. Eso sí, la presentación y el plato está de muerte. Y es que el pollo sabe a pollo.

Cena en Ping'an

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