China y Hong Kong (Día 5). Mercado de Wangfujing. Palacio de Verano. Templo de los Lamas.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Llegada a Beijing.
DÍA 2Ciudad prohibida. Plaza Tiananmen.
DÍA 3Parque Jingshan. Hutongs. Parque Beihai. Silk Market.
DÍA 4Muralla China. Hutongs. Torres del Tambor y la Campana.
DÍA 5Mercado de Wangfujing. Palacio de Verano. Templo de los Lamas.
DÍA 6Pingyao.
DÍA 7Hacia Ping’an.
DÍA 8Arrozales de Ping’an.
DÍA 9Ping’an. Yangshuo.
DÍA 10Balsa por el río Li. Bici por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 11Moto por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 12Yangshuo. Guilin.
DÍA 13Hong Kong continente (Kowloon).
DÍA 14Isla Lantau.
DÍA 15Hong Kong isla.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El Palacio de Verano, para mi gusto, mucho más interesante que la Ciudad Prohibida.
El Templo de los Lamas y el siempre inspirador ambiente místico de los templos budistas.
Compartir cabina de tren con los simpáticos chinos. Volveré a casa con una buena imagen de este pueblo.

DIARIO VIAJE

Antes de ir a visitar el Palacio de Verano nos dirigimos a la zona comercial cercana al metro, por la que pasamos la noche de antes de ayer, en busca de cambio. Aprovechamos para desayunar cuando vemos una calle estrecha que parece un mercado de paradas al estilo la Boqueria de Barcelona. Se me ilumina la bombilla: es el mercado de Wangfujing, un mercado nocturno donde se pueden comer todo tipo de insectos. Aunque estamos a primera hora de la mañana algunas paradas parecen abiertas. Entramos y mis sospechas se confirman. Estrellas de mar, caballitos de mar y escorpiones vivos preparados cual pinchito moruno para pasarlos por la plancha. Quitando el asco que me dan estas delicatessen chinas, es una aproximación cultural recomendable, por lo raro que resulta a ojos de un occidental. Y de noche el ambiente debe ser increíble.

Mercado de Wangfujing

Mercado de Wangfujing

Mercado de Wangfujing

Llegamos al acceso norte del Palacio de Verano, lugar de recreo de la corte imperial cuando huía del calor asfixiante del verano en la Ciudad Prohibida. Lo localizamos muy fácilmente desde la parada de metro siguiendo al mogollón de chinos que se dirigen hacia allí. La visita se antoja densa, pues en el mapa ocupa tanto espacio como aquella última. Lo primero que nos encontramos a nuestra izquierda es la calle Suzhou, un conjunto se pasarelas y canales con muchas tiendas y restaurantes. Bordeamos la zona sin más interés y volvemos al inicio de todo, desde donde un bonito camino de grandes piedras asciende hacia la colina de la Longevidad. Varias salas y templos, muchas de las cuales no consigo saber su nombre, se amontonan aquí de forma que uno pierde fácilmente la orientación. Parece el centro de interés del Palacio y hay decenas de detalles que requieren prestar atención. Por fin la arquitectura china me deja embelesado.

Calle Suzhou

En lo alto de la colina está el templo budista del Mar de la Sabiduría, que me gusta especialmente. Sus paredes están ocupadas por efigies de Buda, muchas de las cuales han perdido el rostro. La combinación de colores verde y mostaza me parece original.

Palacio de Verano

Templo budista del Mar de la Sabiduría

Templo budista del Mar de la Sabiduría

Detrás del templo nos encontramos con el pabellón de la Fragancia de Buda, que aunque de una arquitectura típicamente china como la que hemos ido viendo en Pekín, destaca la torre que se alza imponentemente sobre nuestras cabezas. Desde aquí vemos el otro lado del anterior templo budista, con relieves en paredes y tejados detallados de forma muy notable.  

Pabellón de la Fragancia de Buda

Templo budista del Mar de la Sabiduría

Tomamos un camino que desciende la colina por el sur hasta el Gran Corredor, un camino de madera decorado con pinturas que bordea el enorme lago Kunming al que después le dedicaremos nuestro tiempo. En dirección hacia el este volvemos a introducirnos en un cúmulo de espacios que nos cuesta horrores descifrar en los mapas. Pasamos por puentes, templos, pabellones, jardines y pasillos que ofrecen un encanto que en ningún momento pudimos sentir en la Ciudad Prohibida. Si tengo que elegir entre ambos complejos lo tengo claro, más cuando sin quererlo aparecemos en un patio donde empiezan a tocar música tradicional china para después actuar una especie de mago de las mil caras. Evocador.

Música tradicional en Palacio de Verano

Mago Palacio de Verano

Todos estos espacios parecen girar alrededor de la sala de la Benevolencia y la Longevidad, la cual está cerrada al público y cuyo patio está decorado con animales de bronces, entre ellos un híbrido que la mitología dice que sólo aparecía en la Tierra en momentos de armonía (Qilin). La guía dice que aquí se encuentra la estructura principal del Palacio de Verano pero debo venir extasiado de todo lo anterior porque no me transmite de la misma manera.

Puente Palacio de Verano

Pabellón Palacio de Verano

Volvemos al lago para seguir dirección al sur pasando por un túnel que cruza las entrañas de una especie de fuerte que no logro saber qué es. Y ahora sí, nuestras miradas están sólo para el gran lago Kunming, que ocupa 3/4 partes del parque y que la leyenda cuenta que el emperador Qianlong utilizó 100.000 obreros para darle mayor profundidad y amplitud. Es enorme, y como las piernas están empezando a decir basta, ¿por qué no coger un patín a pedales para recorrerlo?  

Palacio de Verano

Lago Kunming

Aunque Marta se muestra dubitativa en un principio, cuando llevamos apenas 10 segundos en el nos damos cuenta de lo divertido que resulta pedalear remontando las mareas que provocan los barcos más grandes para acercarnos a determinados puntos que queremos ver de cerca. Entre las risas y sonrisas de los chinos que se siguen sorprendiendo de nuestro aspecto occidental nos dirigimos a la isla del Lago Sur, conectada por un puente de 17 arcos y donde se encuentra el templo del Rey Dragón en el que se rezaba para pedir lluvias en tiempos de sequía. Pero las vistas más impresionantes son de la colina de la Longevidad. Mi cámara echa humo.

Colina de la Longevidad

Hemos pasado más horas de las esperadas, ya no por las dimensiones que comentaba al principio, sino porque la visita las merece. Pero tenemos que darnos prisa, ya que las visitas que vienen ahora están cerca de cerrar sus puertas. Con las piernas agotadas de tanto pateo volvemos a escalar la colina, torpemente sin saber que hay una salida este que está igual de cerca de la estación de metro. Reandamos nuestros pasos no sin tener que hacer alguna parada, para ver el Gran Corredor, para volver a contemplar algún detalle o para atender la petición de unas chinas que quieren hacerse una foto con Marta. Empieza a parecernos gracioso esto de ser una sensación en China.

Con el tiempo justo volvemos a coger el metro para dirigirnos a la zona en la que se ubican el Templo de Confucio y el Templo de los Lamas. Pero hay que escoger entre los dos, pues según los horarios de la guía, cierran en breve ambos. Y nos decantamos por el segundo. Estamos en una vía principal frente al templo pero no vemos la entrada. Al azar decidimos seguir hacia una dirección pero la puerta no aparece. Lo rodeamos y nos metemos por un Hutong (Xilou) que parece no terminar nunca, hasta que volvemos a salir a la vía principal, más abajo. Nos damos de morros con la entrada pero el templo parece cerrado. Marta, en un acto de fe, se dirige a la taquilla y una chica nos vende los últimos tickets, justo antes de correr la cortina. In extremis.

Hutong Xilou

Caminamos por un paseo rodeado de árboles hasta pasar por debajo de las puertas del templo. Es el más famoso fuera del territorio histórico del Tibet y está datado de 1744, atrayendo a peregrinos de muy lejos. Tras las puertas, en una preciosa atmósfera varios chinos rezan y llevan a cabo la liturgia budista de quemar palitos de incienso. A partir de aquí, visitamos salas con budas en su interior, a cual más bonito, con esos dorados y naranjas vivos que recuerdan a los templos de Tailandia. Destaca en la Sala de la Rueda de la Ley la gran estatua de bronce del sonriente Tsong Khapa (1357-1419), vestido de amarillo e iluminado por una claraboya.  

Entrada Templo de los Lamas

Templo de los Lamas

Templo de los Lamas

Templo de los Lamas

Templo de los Lamas

Templo de los Lamas

Sala de la Rueda de la Ley

Cuando parece que estamos llegando al final del complejo Marta me llama impetuosamente para que entre al que parece el edificio más grande del complejo. Accedo y levanto la vista. Un gigantesco buda se alza casi tocando el elevado techo. Impresiona, y mucho. Apenas puedo disfrutarlo unos segundos porque justo en ese momento están empezando a cerrar, pero los suficientes para quedarme embobado con sus dimensiones. 18 metros mide la estatua del Maitreya Buddha, en su forma tibetana, vestido en satín amarillo y por lo que se cuenta esculpida en un solo bloque de madera de sándalo. Este pabellón, el pabellón de Wanfu, comunica con el de Yansui donde la guía dice que se alberga una enorme flor de loto, pero por desgracia ya no tengo acceso.

Pabellón de Wanfu

Mientras Marta inspecciona más rincones me apetece sentarme y dejarme embriagar por el ambiente del lugar. Entre el humo y el aroma del incienso que quema, contemplo los elaborados tejados, arcos decorativos o estatuas del templo. Lástima no haber podido llegar con más tiempo al templo más bonito de Pekín.

Pabellón de Wanfu

Templo de los Lamas

Estamos en el interior del tren nocturno que tras 10 horas nos dejará en Pingyao. Un camarote con dos literas, cuatro camas, y marta y yo junto a dos amables chinos que mediante gestos nos ayudan a encontrar las zapatillas que presta la compañía del ferrocarril o nos enseñan espacios donde guardar las mochilas. Si en algún momento nos daba algún apuro compartir tantas horas con desconocidos, en apenas cinco minutos las gentes de este país nos han vuelto a demostrar que en China puedes viajar completamente tranquilo.

Tren nocturno camino a Pingyao

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