China y Hong Kong (Día 2). Ciudad prohibida. Plaza Tiananmen.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Llegada a Beijing.
DÍA 2Ciudad prohibida. Plaza Tiananmen.
DÍA 3Parque Jingshan. Hutongs. Parque Beihai. Silk Market.
DÍA 4Muralla China. Hutongs. Torres del Tambor y la Campana.
DÍA 5Mercado de Wangfujing. Palacio de Verano. Templo de los Lamas.
DÍA 6Pingyao.
DÍA 7Hacia Ping’an.
DÍA 8Arrozales de Ping’an.
DÍA 9Ping’an. Yangshuo.
DÍA 10Balsa por el río Li. Bici por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 11Moto por los alrededores de Yangshuo.
DÍA 12Yangshuo. Guilin.
DÍA 13Hong Kong continente (Kowloon).
DÍA 14Isla Lantau.
DÍA 15Hong Kong isla.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Los chinos son muy graciosos.La contaminación en Beijing es espectacular. Hay momentos que parece que te falta el aire.
La Ciudad Prohibida, como toda Beijing, destaca más por sus dimensiones que por su encanto. No por ello deja de ser recomendable.

DIARIO

Volvemos a estar en el mismo bochorno de ayer. Salimos de la callejuela del hotel, y tomamos dirección a la Ciudad Prohibida. Mientras, buscamos confiadamente alguna oficina de cambio por el camino. No llevamos un solo Yuan. Avanzamos por la calle, pasan los minutos, y ni una sola referencia a oficinas de cambio. Con la mente puesta en este propósito, de repente, a nuestra izquierda se abre un espacio en el que un camino estrecho discurre entre lo que parecen las altas murallas de la Ciudad Prohibida y un enorme lago. El agua tendría que desprender frescor pero tenemos la sensación de estar caminando junto a una gigante sopa caliente. Damos media vuelta porque necesitamos dinero. Tras ir arriba y abajo el chico de un hotel nos dice dónde localizar el único banco que ofrece cambio y que está abierto hoy, un domingo. Porque para más inri es domingo. No sabía que es tan difícil encontrar oficinas de cambio en China.

Volvemos al camino junto al lago. Con nuestro primer objetivo cumplido ahora me puedo fijar más en los detalles. El cielo abierto ante nosotros tiene un extraño color. Una neblina brillante lo cubre todo, la abrumadora contaminación iluminada por el sol de ahí arriba que en ningún momento vemos. El bochorno es inaguantable, parece que el sudor provenga de mis entrañas. Los chinos no paran de beber agua, comer helados de hielo, ocultarse tras cutres paraguas. Y así llegamos a la entrada de la Ciudad Prohibida, en un gigantesco espacio en el que una marabunta de personas van de un lado para otro. Nos acercamos a los accesos pero ahí no venden los tickets. Volvemos atrás y preguntamos en una de las decenas de ventanillas. Nos dicen, con señas porque inglés no lo habla nadie, que tenemos que ir directamente a los accesos. Aquí nos vuelven a dirigir a las ventanillas. Entre el bochorno y de mal humor incomprensiblemente nos venden las entradas en una de las ventanillas. No he entendido el tinglado. Con ellas al fin pasamos a través de la Puerta del Mediodia, restaurada en el s.XVII y reservada en otros tiempos al emperador, que hoy desgraciadamente encontramos en obras.

Puerta del Mediodía

Ante nosotros se abre un gigantesco espacio adoquinado, cercado por esos tejados tan típicamente chinos y puertas a cada lado. Al frente, en dirección norte, se encuentra Puerta de la Armonía Suprema, al este la Puerta Donghua y al oeste la Puerta Xihua. Alcanzamos la primera y paramos más atención a la arquitectura. Los detalles no destacan, los colores son algo pobres. La estética china no parece tan llamativa como la que vimos en los templos budistas de Tailandia. La Ciudad Prohibida si destaca por algo hasta ahora es por sus dimensiones.

Puerta de la Armonía Suprema

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Puerta de la Armonía Suprema

La cruzamos y aparecemos en otro gigantesco espacio adoquinado, que según cuenta la guía, en él se celebraban audiencias con hasta 100.000 asistentes. El calor hace mella, por lo que decidimos hacer una parada en una esquina aprovechando para leer la guía y situarnos bien en el complejo.

Me noto observado. Unos niños nos miran, como asombrados ante nuestra presencia. Aunque ya me he cruzado con alguna mirada indiscreta no le he dado más importancia. Pasan otros adultos y también se nos quedan mirando. No estamos haciendo nada fuera de lo común, así que extrañados, reanudamos la marcha por el lado este. Nos cruzamos con una especie de olla gigante. Es una shuigana, una de las 308 que hay en la Ciudad Prohibida, tinas de bronce que servían para albergar agua ante posibles incendios.

Shuigana Ciudad Prohibida

Nos acercamos a lo que parece otra gran puerta, siguiendo siempre el norte. Pero no es una puerta, es la Sala de la Armonía Suprema, construida en el s.XV para ceremonias como el cumpleaños del emperador o las coronaciones. Está ubicada sobre una plataforma de mármol, y tras la sala, más y más espacios con distintos pavellones. Estoy perdiendo la cuenta. Hemos tenido un fallo, una audioguía es más que recomendable aquí. La Sala de la Armonia Intermedia, la sala de la Armonía Preservada, el Pabellón Hongyi, el Palacio de la Pureza Celestial, la Sala de la Unión… y un largo etcétera. La estética es muy similar, con la diferencia que conforme avanzamos hacia el norte los espacios se van reduciendo, viéndose remplazados por escaleras y estructuras de mármol, pasillos e imponentes puertas, detalles que hacen más atractiva la visita.

Sala de la Armonía Suprema

Otra vez cansados nos sentamos cuando de nuevo me siento observado. Además, curiosamente me miran más a mi. Veo a un chino que parece estar haciendo una fotografía a su mujer, pero no, nos está enfocando a nosotros. Presto más atención, miro alrededor, como buscando respuestas. Turismo chino apabullante, turistas extranjeros apenas nos habremos cruzado con media docena en las más de dos horas que llevamos aquí. Esto no me lo esperaba.

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Antes de continuar nos recreamos con las vestimentas de los chinos. Qué mal visten. Telas de gasa, combinación antiestética de colores y prendas que sólo me pondría en carnaval. Recuerdo aquellas primeras tendencias de ropa china que vendían en los bazares de nuestro país. Ahora lo entiendo.

Reanudamos la marcha. Dentro de algunas salas a las que no se puede acceder se exhiben un par de tronos. Me acerco a una de ellas cuando de repente me veo rodeado con decenas de chinos que se agolpan y empujan para verlo. Qué agobio, me tengo que acostumbrar a tanto gentío.

Pasamos por algunos pasillos, espacios más íntimos. Me llaman especialmente la atención las puertas. Finalmente desembocamos en la última atracción de la Ciudad Prohibida, el Jardín Imperial, de estilo chino tradicional que incluye pasarelas, rocas, pabellones y cipreses antiguos y deformados. Muy bonito, aunque el cansancio físico y mental y la cantidad de turistas que se siguen agolpando a nuestro alrededor nos hace salir rápido de allí.

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Ciudad Prohibida

Salimos por la Puerta de Shenwu para bordear la Ciudad Prohibida en dirección al inicio de todo, al sur. Las miradas siguen e incluso nos señalan. Marta se está empezando a molestar pero intento relativizar la situación. Esta gente, venida de a saber qué rincones del país, no debe ver un turista en meses. Sí, esto pasa en un país como China. No nos lo esperábamos. En una calle perpendicular vemos una parada de bus. Pasan por Tiananmen. Preguntamos a unas chicas que esperan y aunque afirman con la cabeza no sabemos si han entendido algo. Entonces aparece un señor con un perfecto inglés que nos pregunta a dónde queremos ir. Resulta ser profesor de la universidad. Mientras nos da indicaciones del precio del billete y de la parada en la que bajar el resto de pasajeros no nos quita la mirada. Un turista es algo extraño, pero un turista hablando con un chino en inglés debe ser un misterio de la naturaleza.

Estamos en las calles donde empezó nuestro recorrido esta mañana y como es la hora de comer entramos en un restaurante que tiene buena pinta. Pedimos nuestros primeros platos: unos noodles y berenjena frita. Mientras esperamos, una china de apenas 20 años de la mesa de al lado saca un pañuelo y echa un sonoro escupitajo en él. Pues no, no era una leyenda. Y antes de que lo hayamos asimilado nos plantan la berenjena en medio de la mesa en la misma paella en la que la han cocinado. Platos, ¿para qué? El choque de culturas en la mesa es importante.

Berenjena frita

Seguimos yendo hacia el sur con el objetivo de aparecer en la Plaza Tiananmen. Los mapas no reflejan las distancias reales. El trayecto lo hacemos por una calle algo más estrecha, tapada por las copas de los árboles, sin apenas tráfico, con establecimientos varios y chinos que van y vienen. Una calle algo más íntima que nos permite ver de más cerca el modo de vida de los locales.

Calle de Pekín

Desembocamos en la que casi seguro es una gran arteria de Pekín. Además, creo que es la misma avenida por la que circulamos con el taxi la noche de ayer. La sensación de blindaje que tuve al ver la garita se va a quedar corta con lo que vamos a ver ahora. Tomamos dirección a la plaza y me fijo en que las aceras y la mediana están protegidas por una valla metálica. Unos metros más adelante un control de seguridad, con cintas y detectores de metal, se cruza en nuestro camino. Como si fuera un aeropuerto, aquí, en medio de la calle. Y detrás del control lo que parece una entrada a la Plaza Tiananmen. Teniendo en cuenta que en octubre del año pasado hubo un atentado en esta emblemática plaza ahora lo entiendo todo un poco más. Vemos al otro lado de la calle una furgona y tres militares con fusil en mano. Este tinglado es toda una demostración de fuerza del gobierno chino.

Militares Tiananmen

Control Tiananmen

Seguimos caminando en busca de una entrada a la plaza, ya que el que parece un acceso está custodiado por varios policías que impiden la entrada. Vemos un pórtico. Podría ser por aquí. Entramos y parece un parque. Tardamos unos minutos en localizarnos en el mapa. Es el Parque Zhongshan. Está cuidado y ordenado al detalle, típico de los parques asiáticos, aunque no destaca especialmente. Damos una vuelta y volvemos a la avenida principal. Esta vez nos paramos frente a la supuesta entrada de Tiananmen y prestamos más atención. Nos volvemos a sentir observados, justo en el mismo momento en el que varios chinos se hacen fotos con una guapa europea de pelo rubio. Están alucinados.

Parque Zhongshan

Al otro lado de la avenida una multitud de chinos vociferan. Nos giramos. Vemos varios policías firmes, un obelisco enorme y una multitud aclamando lo que un hombre que no conseguimos localizar vocifera por un altavoz. Parece un discurso político. Miro la guía y aquello es el Monumento a los Héroes del Pueblo. El obelisco fue construido en 1958 y tiene inscripciones que recuerdan eventos patrióticos y revolucionarios. Debe ser uno de los lugares donde el partido comunista chino lleva a cabo sus actos propagandísticos. No cruzaremos, no sé hasta qué punto un extranjero con cámara en mano puede ser bien visto ahí.

Monumento a los Héroes del Pueblo

Preguntamos a unos turistas cómo acceder a Tiananmen. Nos llevamos un sorpresón: llevamos todo el rato en Tiananmen. La supuesta entrada es una de las puertas de acceso a la Ciudad Prohibida y todo lo que estamos viendo es la propia plaza. No sé si por las dimensiones de la misma, 880×500 metros, si por la falta de edificios que encuadren el lugar, pero en ningún momento nos hemos imaginado que Tiananmen es todo lo que hemos recorrido desde el control de seguridad.

Puerta Tiananmen

Tomamos dirección al hotel. En una de esas miradas indiscretas Marta percibe uno de los motivos por los cuales me miran tanto los chinos. Se ríe. Les llaman la atención mis piernas, el pelo de mis piernas. A partir de este momento nos fijamos con más detenimiento y tiene toda la razón. Sus miradas de arriba a abajo les delatan. Los chinos alucinan conmigo. Me siento un poco mono de feria pero sus inocentes sonrisas no desprenden maldad alguna. Estoy bastante impresionado con las diferencias culturales en tan sólo un día que llevamos en China. Y me lo estoy pasando pipa.

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