Berlín (Día 7). Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Iglesia-memorial Kaiser Wilhelm. Kürfurstendamm.
DÍA 2Búnker del metro. Unter den Linden. Pariser Platz. Wilhelmstrasse. Plaza Gendarmenmarkt.
DÍA 3Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.
DÍA 4Sachsenhausen. Zona Tiergarten.
DÍA 5Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.
DÍA 6Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.
DÍA 7Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Potsdam es una maravilla.Quedarme sin ver la Topografía del Terror.
Llegar de noche al Palacio Schloss Sansouci. Potsdam consume mucho tiempo.

DIARIO

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Con estalactitas en las ventanas de la habitación nos preparamos para disfrutar de una de las visitas que con más ganas espero, la exposición de la Topografía del Terror. En los terrenos del antiguo hotel Prinz-Albrecht estuvo ubicada entre 1933 y 1945 la central de mando desde la cual el régimen nazi organizó su política de terror en toda Europa. Bajo el nombre de Oficina Central de Seguridad del Reich, tenían en estos terrenos su sede la Central de la Gestapo, la oficina Central del Reichsführer de la SS Heinrich Himmler y la del jefe de la policía de seguridad y los servicios secretos. En resumen, aquí se gestionó la persecución y el asesinato de millones de seres humanos en toda Europa. Volvemos a asomarnos por la misma entrada desde la que echábamos un vistazo dos días atrás. No veo movimiento. Accedemos al patio interior, busco una puerta que nos lleve a la exposición. La puerta está cerrada. No veo carteles, no veo horarios. No sé si al ser 2 de enero la exposición está cerrada, pero sea cual sea el motivo, nada va a evitar que me vaya de Berlín con la frustración de no haber ahondado un poco más en la barbarie nazi.

Paseamos por el patio interior conformándonos con lo que tenemos a la vista. Unas cavidades en el suelo descubren lo que parecen los cimientos de alguno de los edificios que antes se alzaban aquí. En esas cavidades se ve una puerta, así que puedo imaginarme que aquello eran los sótanos en los que quizá se encontraban las celdas en las que encerraban y torturaban a los disidentes políticos. Más allá, atados a las verjas varios carteles muestran fotografías antiguas del lugar, de los juicios de Nuremberg, esquemas de la jerarquía nazi, y del genocidio. Seres humanos ahorcados, fusilados, encerrados en campos de concentración. Y soldados y oficiales alemanes aparecen en esas mismas fotos contemplando su obra. Y luego hay personas que niegan el holocausto.

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Volvemos a recorrer las calles que separan la Topografía del Terror de Checkpoint Charlie. Volvemos a cruzarnos con la garita, aunque hoy no hay apenas un alma por la calle. Los turistas han desaparecido o han sido sustituidos por los copos de nieve que vuelven a hacer acto de presencia. Accedemos al museo del Checkpoint Charlie. Durante una hora recorremos las instalaciones. La exposición es interesantísima, explica la historia del Muro de Berlín con especial atención a muchos objetos que utilizaron los fugitivos que cruzaron, o al menos intentaron, el Muro desde el este hacia el oeste. Me lo paso pipa leyendo las historias, desde personas que se escondieron en maletas, otras que cruzaron cavando un foso u otras que pasaron desde el aire. Lástima que prohíban hacer fotografías, y vaya si lo prohíben, ya que al primer disparo el malhumorado alemán de la recepción, con un oído privilegiado, aparece corriendo desde aquella hasta la estancia en la que me encuentro llamándome la atención y obligándome a guardar la cámara. Pero la visita es más que recomendable.

El frío ha vuelto a ralentizar nuestro ritmo. Tan sólo nos queda una tarde para dedicar a la cercana ciudad de Potsdam. Cogemos un tren de cercanías y tras 40 minutos nos plantamos en la capital de Brandeburgo.

Nuestra primera visión de Potsdam es una panorámica del Altes Rathaus y la Nikolaikirche. El primero, es el antiguo ayuntamiento construido en 1753. Entre los blancos y grises de la nieve y un cielo encapotado, llama mucho la atención la escultura dorada de Atlas sosteniendo el globo del mundo, arriba en lo alto, coronando la torre. Y la segunda es una majestuosa iglesia, que aunque está en obras, impresiona por la inmensa cúpula sostenida por un tambor de columnas. Una lástima que una vez más el tiempo no nos permita curiosear los interiores de los edificios.

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Tomamos la calle que separa ambos edificios con el objetivo de ir rateando por las calles para poner fin a la jornada en el Park Sansoucci, al otro extremo de la ciudad, en el menor tiempo posible y habiendo visto los principales puntos de interés de la ciudad. Sin darme cuenta hasta que Marc nos llama la atención pasamos al lado de la Franzosische Kirche, construida en 1752 por los hugonotes procedentes de Francia expulsados por Luis XIV. Recuerda mucho al Panteón de Roma, con una planta de forma circular, un gran pórtico con columnas, la forma de las ventanas… vamos, me parece toda una imitación. 

A escasos metros, tras un ejército de árboles pelados, se levanta la Peter und Paul Kirche, la que fue la primera iglesia católica de Potsdam construida en 1870. Aunque la torre no tiene la forma cilíndrica que tanto me gusta y que hemos podido ver en tantas construcciones alemanas, el ladrillo rojo vuelve a hacer acto de presencia, dando a la iglesia un aire vivo que para mi gusto no tienen las iglesias aquí, con esos apagados tonos camel o arena. 

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A la izquierda de la iglesia se asoma una calle. Decenas de casas de no más de tres plantas y con ladrillo de color rojo vivo. La arquitectura me parece propia de otro país y al consultar la guía me percato de que estamos en el Hollandisches Viertel, el antiguo barrio holandés que se construyó en el s.XVIII para acoger a los artesanos holandeses invitados por Federico Guillermo I. En total son 134 casas con un curioso tejado a dos aguas y cuyas plantas bajas están invadidas de tiendas, galerías, cafés y cervecerías. Está considerado el barrio de estilo holandés más importante fuera de lo que son propiamente los Países Bajos.B_2009_10-1013

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El barrio holandés está tocando el centro de la ciudad. Apenas damos la vuelta a una esquina y nos encontramos con multitud de personas que se mueven arriba y abajo, con las calles decoradas por y para la navidad y con todas los edificios, de dos o a lo sumo tres plantas, poblados de tiendas de todo tipo. Destacan muchos establecimientos de artesanía y cosas antiguas. Cada fachada es preciosa. Potsdam es una cucada. Desembocamos en la que parece la calle principal por donde pasa un tranvía. En un extremo hay una muralla reconstruida que parece simular las antiguas murallas de la ciudad. No encuentro referencias al respecto en las guías de viaje. Pasamos por debajo encontrándonos en una vía que se aleja del centro y que debemos tomar para llegar a nuestro siguiente destino. Como hace frío y se presume que éste se encuentra a al menos un kilómetro de distancia esperamos un autobús.

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Tras recorrer en el autobús carreteras rodeadas de bosques blancos llegamos a Alexandrowka. El conjunto de Alexandrowka está formado por doce casas de madera de estilo ruso decoradas con preciosas y elaboradas tallas, casas que parecen sacadas de la portada de un cuento. La historia explica que fueron concebidas para un coro ruso que fue creado en 1812 para entretener a las tropas, reclutado de entre los prisioneros de guerra rusos que habían luchado con Napoleón. Cuando los prusianos y rusos se aliaron en 1815, Federico Guillermo III se quedó con el coro. Parece ser que algunas casas siguen perteneciendo a los descendientes de aquél. Dan ganas de colarse en una de estas casas, prepararnos un café muy caliente para, con el calor de una hoguera, quedarse mirando por las ventanas el precioso entorno de la colonia.

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Seguimos caminando por las afueras de Potsdam para llegar al lago Neuer Garten, un parque construido entre 1787 y 1791 a las orillas del Heiliger See, en los antiguos viñedos del palacio Schloss Cecilienhof. En el parque hay numerosos pabellones y esculturas y algunos palacios que apenas vemos a lo lejos porque nos quedamos ensimismados con el camino que discurre a pié del lago. La sensación que me recorre por dentro es impresionante. Un lago enorme, medio helado, con una manta de árboles blancos rodeándolo entre los cuales se asoman algunas pocas casas y decenas de patos paseando por la orilla. Mucho silencio y una quietud apenas alterada por un alemán que pasea por los caminos del parque en esquís. Si tuviera que poner un adjetivo al Neuer Garten, al menos en estas fechas, es romántico, un parque romántico. Sin decirlo, sin planearlo, nos pasamos algunos minutos oteando el horizonte y dejándonos embriagar por el lugar. Es sólo un lago, lo sé. Pero este es justamente el atractivo de viajar, que en cualquier momento, en cualquier lugar, sin que ninguna guía te preavise, te puedes sentir como yo me siento ahora.

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B_2009_10-1037B_2009_10-1033 B_2009_10-1035 B_2009_10-1036 Volvemos al centro, a la calle principal. Tenemos hambre y a estas alturas del viaje el presupuesto nos obliga a comer en un kebab. Este momento no tendría ninguna historia si no fuera porque al ir a pagar los durums el hombre me pregunta a mi si soy kurdo. ¿Por qué?, le pregunto. En ese momento me clava la mirada y me dice que le mire los ojos. ¡¡Los tenemos iguales!! El hombre nos explica que él es de Turquía, de la etnia kurda, y mis ojos son muy habituales entre sus gentes. Curioso.

Cuando salimos del local está anocheciendo. Intentemos darnos prisa para llegar al Park Sansoucci con algo de luz diurna pero a pesar de que caminamos a paso muy ligero el parque está más lejos de lo esperado. Cuando llegamos a sus jardines ya es completamente de noche. El parque creado en 1725 es inmenso, son 287 hectáreas de jardines de distintas épocas y distintos lugares (jardín holandés, jardín inglés…), esculturas, columnas, obeliscos y grutas. Podría escribir líneas y líneas describiéndolo pero, no nos vamos a engañar, escribiría sin saber de lo que hablo porque en la oscuridad de la noche apenas podemos percatarnos de las distancias kilométricas del parque. Tras un largo paseo completamente solos llegamos al Palacio Schloss Sansouci. No hay nadie, está cerrado. Escasas farolas iluminan la columnata que enmarca el palacio, pero lo hacen lo suficiente como para que me lamente de no haber llegado aquí de día. 

Antes de salir del parque pasamos por el molino de viento histórico, una reconstrucción de 1993 del antiguo molino de viento que había en este lugar desde principios del siglo XVIII. La leyenda cuenta que hacía tanto ruido que Federico el Grande ordenó desmantelarlo pero el molinero no aceptaba ninguna oferta, hasta que el rey le recordó que si quisiese podría destruirlo sin tener que indemnizarle. El molinero le contestó al rey que mientras existiera justicia en Berlín eso no podría pasar, y la respuesta le gustó tanto al rey que el molinero pasó a ser su protegido. La leyenda viene a explicar muy bien el significado de algo tan puramente alemán como el Estado de derecho.

Volvemos al centro de Potsdam. El ajetreo de personas no ha cesado pero ahora la iluminación navideña hace acto de presencia, dándole una vuelta de tuerca aún más a la belleza de una ciudad que me ha encantado. Pasamos por delante de una tienda de artesanía y entramos. No podemos irnos sin curiosear alguna. Cuando mi mirada se cruza con una menorah judía todos los emplazamientos que hemos visitado a lo largo de esta semana y en los que he respirado tanta tragedia y deshumanización me vienen a la mente, obligándome a comprarla como forma de rendirle tributo y empatía a los millones de asesinados en un episodio tan escabroso como el que se vivió en Alemania hacia no tantas décadas. La mujer del establecimiento nos pregunta si somos judíos, a lo que obviamente le decimos que no. Seguramente ella sí lo es. Con la menorah nos dirigimos al tren para volver a Berlín y pasar nuestra última noche en la bella e histórica capital de Alemania.

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