Berlín (Día 6). Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Iglesia-memorial Kaiser Wilhelm. Kürfurstendamm.
DÍA 2Búnker del metro. Unter den Linden. Pariser Platz. Wilhelmstrasse. Plaza Gendarmenmarkt.
DÍA 3Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.
DÍA 4Sachsenhausen. Zona Tiergarten.
DÍA 5Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.
DÍA 6Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.
DÍA 7Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Parar frente a los murales pintados East Side Gallery para disfrutar de los dibujos y de los mensajes que transmiten.
Scheunenviertel, bajo mi parecer, el barrio más coqueto de Berlín.

DIARIO

Las calles están desiertas igual que el transporte público. Creo que es el primero de enero en el que me he despertado más temprano de toda mi vida. Estamos en las afueras de la ciudad para visitar el tramo mejor conservado del Muro de Berlín. Antes de enfilar la calle paralela al río Spree nos paramos a contemplar la perspectiva del Oberbaumbrücke, un precioso puente sobre el río que se construyó entre 1894 y 1896. Durante la Guerra Fría el puente quedó casi inservible porque comunicaba ambos lados opuestos del muro. Es de ladrillo rojo, con arcadas neogóticas y dos torres almenadas del mismo estilo que parecen de un castillo sacado de un cuento de príncipes y princesas. 

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Tomamos la Mülhenstrasse y un centenar de metros después empieza el Muro de Berlín de la East Side Gallery. Es el tramo mejor conservado y recorre 1300 metros pintados por una impresionante colección de  murales de 118 artistas de 21 países. Es como ir a visitar un museo de arte grafitero. Hacemos fotos a muchísimos murales, ya sea porque evocan algún significado o por las llamativas formas y colores, incluyendo el quizá más famoso de ellos: el beso de Honecker, líder de la Alemania oriental, con Breznev, de la URSS. Aunque desató polémica y mofas en occidente, eran otros tiempos, el beso (en la boca) simbolizaba la solidaridad socialista. 

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Llegamos al final de la exposición tras 50 minutos de fotos y comentarios. Ha sido como visitar un museo de arte, pero al aire libre y pudiendo entender lo que uno ve. A pesar de estar algo apartado merece la visita, sin lugar a dudas. 

Me llama la atención unas tuberías que hemos ido viendo en la ciudad pero aquí tienen más presencia y más recorrido. En la visita al búnker del metro nos explicaron que esos tubos neumáticos eran un ingenioso sistema para enviar correspondencia y pequeños paquetes a otro punto de la ciudad dentro de unos contenedores cilíndricos que eran propulsados por aire comprimido. En Berlín se emplearon desde finales del s.XIX hasta la década de los 70 del s.XX y su uso actual en muchas otras ciudades se circunscribe a aeropuertos, hospitales, fábricas y similares.

Volvemos sobre nuestros pasos para coger de nuevo el metro pero antes hacemos una parada en la calle Karl Marx Alle, una ancha avenida del lado soviético en tiempos de la Berlín dividida, en dirección a Polonia y Moscú y cuyas edificaciones, muchas de ellas restauradas, ejemplifican a la perfección el estilo arquitectónico realista comunista. Grandes bloques de pisos con ventanas perfectamente alineadas, todas iguales, como buscando transmitir de alguna forma que nadie es más que nadie. Dan un aire de funcionalidad donde la estética parece ser la última preocupación del diseñador. Junto al triste gris tan típicamente comunista, el estilo arquitectónico de estos edificios se muestra como algo extraño a nuestros ojos acostumbrados a ver tanta variedad estética en nuestras ciudades.

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La parada es breve, apenas 5 minutos para poder sacar las conclusiones antes mentadas. Volvemos al metro y tras unas cuantas paradas nos bajamos en la zona conocida como Scheunenviertel, lugar que históricamente se convirtió en refugio para los judíos que huyeron de Rusia y de Europa del Este, que en el s.XIX constituía un próspero barrio de la comunidad judía berlinesa y que en la década de 1920 atrajo a escritores, artistas y activistas políticos. Lo que deparó el ascenso del nazismo para los judíos de este barrio lo iré viendo y entendiendo en las próximas horas.

Recuerdo que al visitar Roma el barrio de los artistas tenía un carácter alegre y coquetón. Y aquí viene a ser lo mismo. Recorremos Sophienstrasse y otras aledañas, con pequeñas casas restauradas de estilo neoclásico, pegadas unas a otras, y que albergan pequeños talleres de artesanía, galerías de arte o acogedores bares. Recreo la vista con las fachadas, me muevo a un lado y al otro aprovechando que en estas pequeñas calles no hay tráfico y apenas personas. A pesar de que vuelve a hacer un frío que ya llega a ser insoportable la visita me está gustando muchísimo. De repente el horror que vivió Europa y que dejé atrás después de la visita al campo de concentración de Sachsenhausen vuelve a dejarse ver. Al tomar una estrecha calle de apenas 20 metros que da a Sophienkirche levanto la vista y veo una fachada completamente tiroteada. Cojo mis papeles y aunque no encuentro ninguna referencia exacta me percato de que en esta manzana (Sophienstrasse y GrosseHamburguerStrasse) en su día hubo una escuela judía y una residencia de ancianos que la Gestapo utilizó como centros de tránsito previos a la deportación. No logro localizar los edificios aunque leo que la residencia de ancianos fue demolida. Nos adentramos en la estrecha calle y a nuestra derecha nos encontramos de casualidad el que fue el cementerio más antiguo de Berlín que los nazis arrasaron destruyendo miles de lápidas en 1943. Apenas algunas se han recuperado o reconstruido. Cuando apenas me quedan un par de días en la ciudad me sigo sorprendiendo con las huellas que aún se conservan en la capital germana de la barbarie nazi.

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Entramos en Sophienkirche, una pequeña iglesia barroca fundada en 1712. El exterior no es muy diferente al de cualquier iglesia. Entramos para curiosear y no hay un alma. Leo que su interior alberga el mobiliario original y, la verdad, la pequeña iglesia transmite mucha paz. Nos sentamos en uno de los bancos y poco a poco el calor de la iglesia va atrapando nuestro alma. Sentimos un enorme alivio como si nuestros huesos se estuvieran deshaciendo del gélido frío de ahí fuera. Calor, silencio y la armonía de la pequeña estancia solitaria, éste es uno de los momentos más mágicos que vivo en Berlín. Las pocas palabras que intercambiamos son para decir que no queremos volver al exterior.

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Tomamos la calle Grosse Hamburguer Strasse, ya mentada, que fue una de las calles principales del antiguo barrio judío. Veo un pequeño monumento que representa a un grupo de judíos antes de ser ejecutados. Vuelvo a buscar entre mis papeles y resulta que aquí estaba ubicado el antiguo asilo de ancianos que comentaba más atrás. 

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El hambre apremia, el frío vuelve a doler y el sol en pocas horas pedirá su relevo. A pesar de que este barrio requiere más tiempo y que nos vamos a ir sin visitar, por ejemplo, los patios interiores de Hackesche Höfe, tenemos que comer. Y como si nos estuviera esperando, una hamburguesería ambientada al estilo más americano posible se cruza en nuestro camino.

Está anocheciendo y justo antes de tomar el metro para irnos al otro extremo de la ciudad llegamos a la altura de la Nueva Sinagoga. El edificio fue finalmente construido en 1866, con una estrecha fachada flanqueada por un par de torres y coronada por una cúpula con toques dorados. Fue la sinagoga más grande de Berlín hasta que fue parcialmente destruida por los nazis en la “noche de los cristales rotos” y sufrió más daños durante los bombardeos aliados. Demolida en 1958, su reconstrucción terminó en 1995. El edificio me parece espectacular pero sin apenas luz diurna ni tiempo no intentamos entrar a las exposiciones de su interior.

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Después de 45 minutos llegamos a Charlottenburg. Con el cielo totalmente negro no tardamos apenas unos minutos en darnos cuenta de que estamos en una zona con aires imperiales. Primero, en la otra acera a nuestra derecha, pasamos al lado de dos imponentes edificios gemelos coronados por una cúpula que alojan sendos museos.

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Después, a nuestra izquierda, se abre un espacio nevado en el que se encuentra Schloss Charlottenburg, el palacio construido a finales del s. XVII por Federico III como residencia de verano para su esposa. Las dimensiones prometen. Nos acercamos y una estatua costeada por el anterior a su padre, Federico Guillermo, anuncia la entrada al complejo. Nos dirigimos a la puerta principal pero un letrero con el horario y el movimiento de las personas saliendo de las instalaciones nos vienen a decir que hemos llegado tarde. Están cerrando. Decidimos al menos bordear el edificio hacia nuestra derecha y cuando llegamos al extremo nos encontramos con un jardín de enormes dimensiones detrás del palacio. En él nos cruzamos con un mausoleo en el que por lo visto se enterraba a los miembros de la familia real, varias estatuas, pavellones… hubiera estado bien llegar de día para apreciar los salones del palacio y las construcciones que componen el conjunto. Pero como cada día, las noches de invierno en Berlín hacen acto de presencia pronto, muy pronto. Desde ese mismo jardín caminamos en dirección opuesta al palacio por un sendero rodeado de árboles que nos lleva al exterior, cerca de una parada de metro. Ya como una costumbre, propongo aprovechar las últimas horas de la jornada para hacer algunas visitas propias de la IIWW.

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FRIKIVISITA:

Justo al lado de una parada de la línea de metro está el antiguo edificio de Hacienda de Charlottenburg, en el número 48 de la Bismarckstrasse. Sobre el portal del edificio se halla un águila imperial diseñada por el mismísimo HItler que en la actualidad aprisiona con sus garras el número del edificio y en el pasado lo hacía de una esvástica, una reliquia del Tercer Reich que no fue retirada por los Aliados y que hoy pasa totalmente inadvertida.

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Volvemos al metro para bajarnos tras una parada. Estamos aún en la Bismarckstrasse y tenemos que encontrar un conjunto de farolas de esta importante avenida que el mismísimo Albert Speer, el arquitecto de Hitler, diseñó. Miramos a un lado y al otro hasta que Marc las visualiza. Las farolas responden al diseño arquitectónico nazi, con muchas líneas y formas rectas, algo sobrias y un aire de altivez. Después de sacar las fotos de rigor, jugando con el contraste del negro de la noche, la luz de las farolas y los copos de nieve cayendo de nuevo sobre nuestras cabezas, volvemos al hotel para pasar nuestra última noche en la ciudad.

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