Berlín (Día 5). Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Iglesia-memorial Kaiser Wilhelm. Kürfurstendamm.
DÍA 2Búnker del metro. Unter den Linden. Pariser Platz. Wilhelmstrasse. Plaza Gendarmenmarkt.
DÍA 3Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.
DÍA 4Sachsenhausen. Zona Tiergarten.
DÍA 5Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.
DÍA 6Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.
DÍA 7Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El controvertido museo de Checkpoint Charlie. No leí opiniones muy positivas, pero cuenta historias curiosas y la puesta en escena está bien montada.
Pasar el fin de año en Berlín y enterarse cuando todo el mundo se está besando.

DIARIO

Salimos a la calle. Berlín sigue completamente nevado.

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FRIKIVISITA:

Tomamos el metro y a la salida aprovechando que nos queda de paso me paro a echarle un ojo al edificio de los Ferrocarriles del Reich, en cuya parte trasera, mirando hacia el tren elevado, hay un  saliente con el emblema en piedra de esta institución: las alas de un águila sobre la rueda de un vagón de tren.

Seguimos el paseo que nos hemos propuesto. Primero pasamos delante de la antigua estación de bombeo. En su interior alberga algunas estatuas de piedra (Otto el Vago, el VIejo Fede, etc.) pero decidimos pasar de largo. Para continuar podemos dar una vuelta de órdago o cruzar un parque con un palmo de nieve. Y allá vamos. El sonido del caminar por la nieve se nos va a hacer muy común. Y notar los pies mojados también.

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Cuando alcanzamos el otro extremo del parque aparecemos en el lateral de la antigua Estación Anhalter Bahnhof, la que fuera la estación central más grande de Europa con 170 m de largo, 62 de ancho y 34 de alto. Fue destruida por un bombardeo aliado en 1945 y finalmente dinamitada en 1959, quedando a modo de monumento un fragmento del portal de entrada. Es el que tenemos enfrente de nosotros. Hasta ahora el paseo no nos está deparando nada especialmente interesante, más que confirmar de nuevo que apenas quedó nada en pié tras los bombardeos de la IIWW.

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Ojeo los planos. Estamos justo al lado de la Topografía del Terror, una exposición en los antiguos terrenos de los organismos nazis encargados de la persecución y el asesinato de millones de seres humanos en Europa. El recinto está rodeado en parte por un tramo del muro de Berlín. Asomo la cabeza y veo en su interior una gran explanada con cavidades en el suelo que parecen ser los cimientos de los antiguos edificios nazis. Reanudamos la marcha, la visita tendrá su espacio y tiempo pasado mañana. Tomamos una calle en dirección a nuestro siguiente destino cuando en medio de la nieve en un solitario puestecito una señora vende gorros para el frío, los ushanka, los típicos gorros rusos con orejas flexibles que portaban las fuerzas armadas bolcheviques en la revolución del 18. Mis acompañantes se compran uno cada uno. Abrigan muchísimo pero yo no me acabo de ver. Siguiendo la misma calle y nos cruzamos con lo que parece una exposición (que no lo es, pues los alquilan) de uno de los vehículos de la antigua RDA, en concreto del Trabant P601, pintados algunos con el color verde del ejército soviético.

Vehículo RDA

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Y unas decenas de metros más allá, a la vuelta de la esquina, llegamos al Checkpoint Charlie. Entre 1961 y 1990 en el contexto de la Guerra Fría éste era el único paso para los extranjeros entre Berlín Este y Berlín Oeste, representando la libertad y la separación para muchos alemanes del este. Es muy conocido por el enfrentamiento entre tanques rusos y estadounidenses en el año 1961, siendo famosa la fotografía que captó el momento en el que los carros de combate de ambas potencia se miraban frente a frente como anunciando que se acercaba el fin del mundo. Obviamente no queda mucho del puesto. No hay verjas ni alambradas, pero en su lugar se encuentra una réplica del Checkpoint Charlie, la garita con los sacos de arena y el famoso letrero que anuncia “Usted está abandonando el sector americano”. El lugar está atestado de gente y de puestecillos donde venden gorras del ejército, los ushanka y multitud de artículos relacionados con la época, como si los pocos turistas que visitan Berlín en estas fechas nos hubiéramos puesto de acuerdo en coincidir aquí confirmando que es uno de los principales atractivos de la ciudad. Y la verdad que es curiosísimo de ver.

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Seguimos caminando obviando el museo del Checkpoint Charlie, que dejaremos para otro día, para recorrer el distrito de Kreuzberg. Primero nos cruzamos con el Judisches Museum, un museo de la historia de los judíos que en el cual, obviamente, el genocidio tiene su protagonismo. El edificio tiene una forma en zigzag muy curiosa pero no entramos porque he leído en muchos foros que no es muy interesante. Minutos después llegamos a Mehringplatz, proyectada en 1830 cuando la ciudad comenzaba a expandirse y que está decorada con la Columna de la Paz que conmemora las guerras de liberación de 1815 y otras esculturas. La veo como una plaza de paso más. Cruzamos un canal y desembocamos a una ancha calle, la Mehringdamm. Aquí la guía me ubica cuatro cementerios, Friedhöfe vor dem Halleschen Tor, entre los que se encuentran grandes artistas berlineses. Me resulta algo extraño que una guía te señale un cementerio como un punto de interés a visitar, así que la curiosidad nos lleva a buscar estos cementerios por la zona. Al final encontramos uno con las docenas de lápidas cubiertas de nieve. Tampoco le acabo de encontrar mayor interés. Continuamos por la misma calle ancha. Pasamos al lado de un edificio que simula la arquitectura de un gran castillo, y tras él se asoman dos torres puntiagudas de color verde tan típicas de las iglesias berlinesas. Es la iglesia de San Bonifacio, rodeada de algunos edificios de estilo neogótico. Hasta el momento el paseo por el distrito de Kreuzberg no me está mereciendo mucho la pena.

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Un poco más al sur se halla el Riehmers Hofgarten, un conjunto de casas con un jardín interior construidas entre 1881 y 1892. Algo apagados nos dirigimos hacia allí. Tomamos una calle, rodeamos una manzana mientras consulto la guía para saber localizarlo. Los indicios apuntan a que se encuentra justo en el interior de esta manzana. Lo que no sé es cómo entrar. Entonces vemos una puerta de hierro forjado pero es la puerta de un edificio privado, sin ninguna señalización que nos invite a pasar. Con precaución de no meternos donde no nos llaman la abrimos y ante nosotros se abre un jardín interior, y digo jardín porque así es como las guías lo presentan,aunque una manta de nieve lo oculte. Preciosos balcones y fachadas interiores de estilo renacentista esconden el jardín del ajetreo de fuera. Un silencio y quietud se respira aquí. No hay nadie. Quizá no merezca la pena acercarse expresamente, pero después de todo lo que llevamos viendo hoy este espacio nos transmite algo diferente. El jardín pintoresco que anuncia la información turística contrasta con la estampa blanca, pero ésta a su vez potencia esa sensación de burbuja respecto la gente, coches y movimiento que hay fuera. Hay bicicletas, hay balcones con cosas comunes. Nos quedamos un rato, vemos algunas personas que salen de una portería en dirección a la calle. Seguramente se van a trabajar o a sus quehaceres de su rutina, este momento es un momento corriente de sus vida. Nos vamos con la sensación de que después de haber contemplado cada día la trascendencia de Berlín en el mundo, esculturas y monumentos, grandes plazas, etc., nos hemos acercado a un rincón íntimo de la vida corriente de los berlineses, de los berlineses bienestantes. O quizá exagero, no lo sé.

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Salimos por el otro extremo del jardín, a una calle en la que decenas de coches parecen ciegos ante la gran cantidad de nieve que los cubre. Seguimos al sur y al final de la calle se levanta la colina de entrada del Victoriapark. Tal y como entramos vuelve a atraparnos esa sensación tan de película navideña de domingo por la tarde en Antena3. Rodeados de árboles cuyas líneas están dibujadas por el blanco de la nieve, arbustos a los que dan ganas de darle una patada para que una explosión de motitas blancas inunden el ambiente, niños tirándose por las bajadas en pequeños tríneos, abrigos y más abrigos. Se respira felicidad, quizá la misma que se respira en Barcelona cuando es verano y todos abordamos los bares de tapeo, los paseos marítimos y las playas. Yo no he tardado mucho en darme cuenta de que mi felicidad está más cerca de la nieve que de la arena de la playa. El parque es laberíntico. Fue diseñado entre 1884 y 1994 y en él se hallan algunos monumentos y figuras con significado histórico. Ni siquiera las buscamos, pasear por aquí bien nos merece ya la pena. Me dan ganas de robarle un trineo a un niño o de perseguir a un perro muy peludo que corretea por el parque.

FRIKIVISITA:

Después de haber respirado intimidad berlinesa en nuestras últimas dos visitas nos dirigimos a otra de esas visitas para frikis de la IIWW. Seguimos hacia el sur dando paso a una zona que parece ya empezar a ser las afueras de la ciudad. El frío empieza a apretar, ese frío polar al que he hecho referencia en más de un momento. Nos empiezan a pesar los pies y más cuando por mucho que intentemos poner la vista sobre algo interesante no encontramos nada. Mis compañeros empiezan a mostrarse dubitativos a seguir caminando y antes de que nadie se moleste les pido por favor que me me esperen aquí y ya voy yo al siguiente destino. Agarro bien la guía y la cámara y empiezo a correr. No sé si es el terreno, el calzado, los kilos de más que he ganado en los últimos meses o las tres cosas a la vez, pero tengo que hacer grandes esfuerzos para no abrirme la cabeza contra el suelo.

Me topo con una pequeña verja y muchos árboles tras la cual entiendo que está el Gran cuerpo de carga. Rodeo la verja y ahí está. La historia cuenta que Hitler quería construir un gran Arco de Triunfo dedicado a los caídos en la IWW, con 117 metros de altura y 170 de ancho, más de 9 veces mayor que el de París. Para comprobar la resistencia del suelo Albert Speer hizo levantar este cilindro de hormigón de ni más ni menos 12.360 toneladas por trabajadores forzados franceses en 1941. Con un tamaño de 21 metros de diámetro, 14 de alto y otros 18 bajo la tierra, los ingenieros registraron entonces un asentamiento de 17 cm, lo que permitía su construcción aunque jamás se llegó a iniciar. Aunque hoy, ante mi y a primera vista se mostraría como tan solo una gran mole de hormigón gris, éste es otro testigo más de los monumentales planes de urbanización de Germania por parte de Hitler, de la que debía ser la gran capital del III Reich.

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Vuelvo corriendo sobre mis pasos para encontrarme con mis compañeros. Tenemos que llegar a una estación de metro para dirigirnos de vuelta al centro. Tras otra buena caminata por calles que siguen denotando estar alejadas de todo cogemos nuestro un metro y nos plantamos en la Potsdamer Platz, un punto neurálgico de Berlín. Antes de pasear entramos a un bar para tomarnos algo caliente y reponer fuerzas porque el frío va apretando cada vez más, sin ninguna compasión. La plaza no tiene nada que ver con la Berlín histórica que hemos venido viendo hasta ahora. Con los bombardeos de la II Guerra Mundial pasó a ser una montaña de escombros, después fue un espacio abandonado y vacío junto al muro de Berlín, y tras la reunificación fue reorganizado por varias multinacionales. El mayor proyecto urbanístico de Berlín es una muestra de la arquitectura moderna, con elegantes y modernos edificios de mucho acero y cristal: un centro comercial, una torre de apartamentos de lujo (uno se vendió por 5 millones de euros hace unos años), un hotel de la cadena Ritz-Carlton, etc. Como a mi me gusta lo antiguo no es que me atraiga especialmente pero para romper el hilo conductor de este viaje ya me vale.

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Y aquí pasamos algunas horas hasta que volvemos al hotel para prepararnos para el fin de año berlinés, el primero que pasaré lejos de mi hogar. Tras la cena nos acercamos a la Puerta de Brandenburgo tal y como marca la tradición. Las calles aledañas están atestadas de berlineses que sin agolparse y sin empujarse, ríen, toman cerveza y disfrutan la fiesta sin que pueda ver ni un sólo altercado, ni una pelea, ni un gesto incívico por parte de nadie. Nos unimos a la alegría colectiva comprándonos unas cervezas. Aunque no son santo de mi devoción la mía es con sabor a cereza y está realmente buena. Nos quedamos justo al lado de la verja del Parque Tiergarten porque con el gentío que hay no me quiero agobiar esquivando personas hasta el epicentro de la fiesta. Se acerca la hora del paso al nuevo año y curiosamente estamos nerviosos porque no hay relojes, no hay campanadas. Continuamente tiran petardos y fuegos artificiales. Y de repente, sin darnos cuenta, sin ninguna pista o indicio que nosotros hayamos detectado, decenas y decenas de berlineses empiezan a besarse agitadamente. Me viene a la mente que en Alemania es tradición besarse como manda la tradición cuando se pasa al nuevo año. Como buenos animales de costumbres, nos quitan las campanadas y no nos enteramos de nada.

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Volvemos al metro. Ni una sola botella en el suelo, las papeleras a rebosar de basura pero también de civismo. Colas ordenadas para entrar al andén, todo el mundo respetando las indicaciones de los vigilantes de seguridad que como un ordenador dan paso al andén o lo frenan según lo que les ordenan a través de los walkies. Ni siquiera un empujón, ni cuando la cola está parada ni cuando reanuda la marcha. Yo no vengo del primer mundo y quien diga lo contrario que visite Berlín.

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