Berlín (Día 4). Sachsenhausen. Zona Tiergarten.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Iglesia-memorial Kaiser Wilhelm. Kürfurstendamm.
DÍA 2Búnker del metro. Unter den Linden. Pariser Platz. Wilhelmstrasse. Plaza Gendarmenmarkt.
DÍA 3Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.
DÍA 4Sachsenhausen. Zona Tiergarten.
DÍA 5Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.
DÍA 6Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.
DÍA 7Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El campo de concentración de Sachsenhausen contratando una visita guiada. Escalofriante.El tremendo frío y la nieve que nos acompañará el resto del viaje llevando ropa y calzado Inditex.

DIARIO

Hoy es uno de los días más especiales en Berlín: visitamos el campo de concentración de Sachsenhausen. Mientras deambulo por el apartamento para ducharme y vestirme me sobresalto con un grito de Marc que mira justo en ese momento a través de la ventana. ¡Está todo nevado! Me asomo y la ciudad está completamente blanca. El frío, la niebla… todo era el preludio a la gran nevada que ha caído esta noche.

Nos dirigimos al punto de reunión con el guía español que nos llevará al campo de concentración. Por el camino empieza a nevar con cierta intensidad, y aunque es algo incómodo, la ciudad está preciosa. Llegamos y cuando estamos todos los turistas reunidos partimos en transporte público hacia la población de Oranienburg: metro y tren desde una estación modernísima que integra a la perfección el centro comercial en el que se ubica con la estación, andenes y vías. Las estaciones berlinesas, y seguramente la de todos los países civilizados del centro y norte Europa, no tienen nada que ver con las prisiones a las que se asemejan las estaciones de metro y tren en España.

Llegamos a Oranienburg. Durante media hora, con la nieve cayendo sobre nuestras cabezas caminamos hacia el campo. En medio de una carretera de las afueras nos encontramos una especie de lápida de piedra que recuerda las marchas de la muerte de los prisioneros de los campos a los que los nazis obligaron a caminar días y días para retroceder ante la llegada de los soviéticos, forzándolos a un brutal esfuerzo, sin apenas comida, que les llevó a muchos de ellos a morir del agotamiento o de un tiro en la cabeza a los que o eran capaces de seguir el ritmo.

Marchas de la muerte

Marchas de la muerte

Cinco minutos después veo frente a mi la entrada al campo anunciada con unas modernas paredes de piedra que para mi gusto no casan demasiado con el lugar. Entramos. El guía nos lleva por un camino entre muros, alambradas y torres de vigilancia, parándose en cada punto para dar las explicaciones pertinentes. El muro resulta que no servía para que los prisioneros no pudieran escapar, puesto que en el interior había una valla electrificada que hacía esa función. Simplemente fue construido para separar la vida de los soldados con la de los prisioneros y para que los habitantes del pueblo no pudieran ver qué se hacía en su interior. Luego pasamos por delante de un edificio donde las tropas de las SS del campo se alojaban. A pocos metros nos cruzamos con el “monstruo verde”, un edificio cuya construcción fue ordenada porque en los primeros meses del campo muchos jóvenes soldados mostraban sentimientos de culpabilidad y no hacían su trabajo con eficiencia. Ahí se divertían, bebían, jugaban a las cartas… y cada día seleccionaban varios judíos para servirles, seres humanos que sabían que no volverían a los barracones. Porque nunca volvían. Empiezo a tener la sensación siniestra que esperaba de este lugar. 

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Unos metros más adelante se abre ante nosotros una explanada con la puerta de acceso al campo. La misma puerta que los miles de prisioneros que aquí fueron asesinados, unos 30.000, se encontraron unos 70 años atrás. En la verja de entrada está el cínico mensaje de bienvenida al campo de concentración que todos hemos visto en las películas: “El trabajo os hará libres”. Libres de vivir, de existir, y a los que sobrevivieron, de seguir siendo la misma persona después del horror que vivieron los que salieron vivos de campos como éste.

Entrada a Sachsenhausen

Entrada a Sachsenhausen

Entramos por la puerta. A partir de ahora empieza propiamente la visita al campo de Sachsenhausen. No quiero entrar en mucho detalle porque creo que encontrarse con esta cruda realidad explicada por un buen guía es una experiencia que impacta, sobrecoge y emociona a cualquiera, y en cierta manera da una bofetada de humildad y humanidad que dentro de la burbuja de comodidades en la que vivimos te hará recordar que la mera existencia es más que motivo suficiente para ser feliz. En la primera parte del campo vemos la valla electrificada, la zona en la que hacían correr durante horas con botas militares de otros números a los prisioneros para estudiar los efectos sobre la carne de los pies, el gran cilindro de piedra que servía como castigo a los prisioneros (si alguno caía al suelo por el agotamiento los demás tenían que seguir empujando pasando los kilos de piedra por encima del cuerpo del caído), los barracones, las letrinas, las duchas… Empieza a acompañarme un nudo en el estómago que cada vez se hará más intenso.

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Entramos a un par de pabellones en los que se exponen entre focos, carteles y vitrinas centenares de objetos cotidianos de los prisioneros, fotografías, documentación del campo. El ambiente en los recintos vuelve a ser de mi tiempo, lo que me hace aterrizar de este viaje al infierno y darme cuenta de que ya ha pasado una hora. Estoy tan concentrado con todos mis sentidos en lo que escucho y lo que veo que he perdido la noción del tiempo.

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Después de este paréntesis seguimos caminando por el interior del campo. Me cuesta seguir al guía para poder escucharle y a la vez tomar las tantas fotografías que me quiero llevar a casa. Entramos en una pequeña sala de celdas donde encerraban a prisioneros que querían castigar aún más, vemos los postes en los que ahorcaban a los prisioneros que intentaban escapar para que supieran los demás qué les pasaría si intentaban hacer lo mismo.

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Justo después de pasar al lado de un espacio para el fusilamiento de presos,accedemos a un recinto techado con el fin de conservarlo mejor del que apenas quedan tres o cuatro palmos en pie de paredes. Son las cámaras de gas y los hornos crematorios. La verdadera toma de contacto con el holocausto nazi está aquí, en esos cuatro hierros que en su día quemaron los restos de personas que privaron de su vida por el simple hecho de ser de otra etnia o pensar diferente. Y yo me ahogo, justo en el mismo momento que un chico español le pide sonriente a su pareja que le haga una foto con los hornos como si se tratara de un lugar divertido, como si no hubieran entendido absolutamente nada de lo que pasó aquí.

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Y llegamos a la última parte del campo: las dependencias médicas. Estoy en un momento en el que mi cerebro se ha ido, apenas escucho, veo ni siento, como si se hubiera activado en mi algún tipo de mecanismo de autodefensa emocional. Ya han pasado 4 horas desde que entramos al campo y la visita llega a su fin. Aunque esta experiencia hará más o menos mella según la sensibilidad y cercanía al holocausto nazi que tenga cada uno estoy seguro que no puede dejar indiferente a nadie. Conmovedor, una necesidad de profundo silencio y respeto. Totalmente imprescindible.

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Con el mal cuerpo volvemos a Berlín. Ya es de noche pero decidimos aprovechar las siguientes horas visitando el gigante Parque de Tiergarten. Para ello nos bajamos en PotsdamerPlatz, otra plaza de interés que dejaremos para otro día. Nuestro objetivo es aprovechar la noche para pasear por el parque.

FRIKIVISITA:

Antes nos desviamos al sureste para ver las Heridas de la Memoria, junto a St Mathaus Kirche, una iglesia construida entre 1844 y 1846 y que fue restaurada, como casi toda Berlín, después de la IIWW. Buscamos en una calle las Heridas de la Memoria hasta que veo la planta baja de una fachada completamente marcada de impactos de ametralladoras y granadas. La ciudad tiene varios edificios con estas señales que constituyen las huellas de los cruentos combates que tuvieron lugar durante la batalla de Berlín. Es casi imposible asimilar tanta tragedia.

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Llegamos al Parque Tiergarten por intuición, por uno de los muchos accesos que no sabría ubicar en un mapa. Tras recorrer algunos metros por un pequeño camino desembocamos al principal. Desvío a la mirada a mi izquierda y me quedo alucinado. A lo lejos, a lo muy lejos, vemos la Columna de la Victoria en un intenso y luminoso color dorado. Me cuesta entender que entre la Columna y mi posición todo sea un parque. Leo que ocupa una superficie de más de 200 hectáreas. Es enorme, gigante. Decidimos comprobarlo recorriendo el recorrido mentado. Aunque es de noche y no podemos disfrutarlo como querríamos, dentro del recinto te sientes como si el humano más cercano estuviera a más de 100 km. No se escuchan coches, voces. Nada. Por el camino nos cruzamos con un río completamente helado, puentes de madera, estatuas de gobernantes y hombres de estado alemanes y nieve, hielo y más nieve por todas partes que invitan a juguetear como niños. Y eso hacemos. Una gozada de parque.

Tras media hora caminando plagada de parones llegamos a la Columna de la Victoria o Siegessaule que veíamos antes.. La columna conmemora la victoria en la guerra prusiano-danesa de 1864 y se coronó en ella tras las victorias en las guerras contra Austria (1866) y Francia (1871) una figura dorada de la victoria conocida como Goldese. El monumento se alzaba originariamente frente al Reichstag pero fue trasladada aquí por el gobierno nazi en 1938.

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Después de las fotografías pertinentes giramos a la derecha para buscar el metro en la estación de HansaPlatz que nos llevará al hotel. Al llegar encontramos el mercadillo de la Iglesia Kaiser Wilhelm abierto, atestado de gente y con todas los puestecillos abiertos. Se nota que el fin de año está a la vuelta de la esquina. ¡Qué gozada es la navidad en Berlín!

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