Berlín (Día 3). Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Iglesia-memorial Kaiser Wilhelm. Kürfurstendamm.
DÍA 2Búnker del metro. Unter den Linden. Pariser Platz. Wilhelmstrasse. Plaza Gendarmenmarkt.
DÍA 3Museo Ruso-alemán de Karlhorst. Prisión de la Stasi. Alexander Platz. Barrio de San Nicolás.
DÍA 4Sachsenhausen. Zona Tiergarten.
DÍA 5Checkpoint Charlie. Paseo por el barrio de Kreuzberg. Potsdamer Platz. Fin de Año Berlinés.
DÍA 6Muro de Berlín. Scheunenviertel. Charlottenburg.
DÍA 7Topografía del Terror. Checkpoint Charlie. Potsdam.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Si te gusta la Segunda Guerra Mundial y la militaria, el Museo Ruso-alemán de Karlhorst.
El barrio de San Nicolás y su iglesia, un coqueto oasis en la gran ciudad.

DIARIO

FRIKIVISITA:

Más tarde de lo esperado, el cansancio del día de ayer ha hecho mella, nos disponemos a viajar a las afueras de la ciudad para visitar el Museo Ruso-alemán de Karlhorst, un espacio creado tras los acuerdos germanos-soviéticos sobre la retirada de las fuerzas soviéticas de Alemania en 1990 y en el que ambos países quieren recordar la rendición de la Wehrmarcht alemana el 8 de mayo de 1945 poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial y al III Reich, acontecimientos que suponen un doloroso significado especialmente para estos dos países. La dirección del museo es de carácter alterno y la ocupa un año el director del Museo Histórico Alemán y otro el director del Museo Central de las Fuerzas Armadas de Moscú. A media hora en transporte público partimos desde Kürfurstendamm hacia la estación de destino, Fahrkarten. Allí caminamos durante 20 minutos por una zona residencial, donde al final de una infinita calle un edificio gris con algunas banderas se hace notar como el museo que estamos buscando. Esta visita se antoja como una de tantas en este viaje que cualquiera que no esté interesado en la IIWW puede omitir. Pero a mi ya me recorre una enorme curiosidad por ver qué me aguarda en el interior del museo.

Nada más llegar veo que el edificio está flanqueado por varios vehículos militares: tanques, camiones y artillería pesada. Aunque no soy gran conocedor del armamento de este período identifico un tanque T-34 soviético y el lanzacohetes Katiusha (el órgano de Stalin). No es lo mismo ver estos monstruos de metal en documentales o en películas que tenerlos enfrente. Las orugas de los tanques me parecen enormes. Terror es la palabra que me viene a la mente al imaginarme uno de esos tanques venir hacia mi. Durante una hora recorro el museo con la ilusión de un niño. Es la colección más impresionante que he visto y que seguramente veré de militaria y otros objetos de la Segunda Guerra Mundial. Bombas, ametralladoras, fusiles, pistolas, uniformes, cascos, botas, accesorios de la equipación de los soldados, condecoraciones, todo tipo de fotografías, cartas de la época, mapas e incluso el despacho original del mariscal Zhukov. Y como colofón, la amplia sala donde se firmó el final de la guerra entre alemanes y rusos. El Museo es impresionante. Es como si todos los documentales, películas, libros o webs que he leído o visto sobre la Segunda Guerra Mundial (excluyendo el genocidio) estuvieran aquí reunidos, concentrados a un nivel que mis sentidos son incapaces de procesar en tan solo una hora. Sería increíble poder dedicarle toda una mañana y aún más tener un guía en castellano que diera detalles sobre los cientos y cientos de objetos expuestos aquí. Salgo por la puerta y ya quiero volver otra vez.

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Volvemos sobre nuestros pasos. Las calles antes desiertas ahora tienen cierto trajineo de personas que vienen y van de un pequeño mercadillo corriente. Nuestro siguiente destino es una antigua Prisión de la Stasi (memorial Hohenschönhausen), el servicio de inteligencia soviético de la República Democrática de Alemania, que nos queda algo lejos. El lugar se abrió en 1945 para encarcelar a prisioneros nazis y en cuyo sótano se habilitaron las celdas llamadas U-Boot en las que a menudo no estaba permitido hablar ni tumbarse en las camas. La luz estaba encendida todo el día y los reclusos estaban controlados constantemente por los vigilantes, sufriendo todo tipo de torturas físicas y mentales. Los que sobrevivieron fueron enviados a campos de trabajo en Siberia. En los años 50 con la fundación de la Stasi la cárcel se convirtió en un centro de reclusión de todos aquellos que fueron clasificados como hostiles al Partido Socialista Unificado de Alemania, el SED, aplicando aquí todo todo tipo de técnicas de interrogatorio, tortura y terror. Cogemos el tren y buscando el tranvía en una zona de las afueras, de calles desérticas, medio industriales y con una neblina que ya casi llega a la altura de nuestras cabezas, nos perdemos. Cuando localizamos el tranvía y llegamos a nuestro estación de destino nos esperan aún 20 minutos andando. Finalmente vislumbramos a lo lejos un torreón que se asoma de la esquina de un recinto amurallado que tiene toda la apariencia de ser una prisión. La niebla, los altos muros coronados por una alhambrada, el grisáceo de las instalaciones y el entorno… si uno se imagina una prisión de la Guerra Fría sería exactamente así. Entramos al recinto, preguntamos en la ventanilla pero nos dicen que queda una hora para el siguiente tour y además no lo hacen en castellano. No nos vale la pena esperar, por lo que nos limitamos a echar una ojeada al interior. Sin un guía, sin información, se nos hace complicado saber y comprender la historia del lugar. Nos llevamos la tétrica imagen de la prisión desde fuera.

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Siguiente destino: AlexanderPlatz, otra emblemática plaza de Berlín, a la que llegamos después de perdernos de nuevo, aún más, buscando el tranvía que nos acerque. La niebla está más baja, el frío es más gélido, empieza a ser inaguantable. La plaza tiene una larga historia: antiguamente albergó un mercado de ganado y lana, más tarde fue rebautizada en honor al zar Alejandro I que la visitó en 1805, con el paso del tiempo se construyó un mercado y un tren urbano convitiéndola en uno de los puntos más ajetreados de la ciudad y hoy está rodeada de edificios anodinos de la década de los 60 cuando era un punto neurálgico de la Berlín comunista. La plaza dista mucho del concepto que tenemos como tal. Es una gran explanada peatonal, no parece ocupar un solo espacio claramente delimitado por lo que si te descuidas te atropella un tranvía, está rodeada de grandes edificios siendo algunos de los cuales centros comerciales y tiene la Torre de televisión construida en 1969 y que aún sigue siendo uno de los edificios más altos de Europa mirando desde lo más alto. Se puede subir mediante un ascensor pero la niebla nos invita a no hacerlo. El grisáceo propio del estilo artístico del realismo socialista, en el que el proletariado y su forma de vida es el protagonista, vuelve a ser el color predominante en una zona que durante la ocupación de Berlín estaba bajo influencia soviética.

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Hemos llegado a un estado en el que el frío nos deja paralizados. Los pies en mis ingenuas Converse están mojados y congelados. Decidimos comer en la misma plaza, en la zona de un restaurante que en otras estaciones debe ser una terraza, pero que ahora está techada y cercada, con multitud de estufas que con su intenso color naranja nos llaman su atención cual polilla al sentir el calor de una fuente de luz. Después de comer me quito las bambas y subo las piernas pies a una silla, con los pies encarados a la estufa más cercana. Estoy helado. Allí estamos durante dos horas, haciendo correr el tiempo y buscando a cada momento una excusa para no salir.

Rato después el tiempo parece algo más templado. La niebla y el frío insoportable parece que nos han dado una pequeña tregua. Me ajusto la ropa, subo cremalleras, encojo el cuello y salimos de nuevo de ruteo. Nada más salir nos topamos con el Rotes Rathaus (Ayuntamiento rojo de Berlín). Construido entre 1861 y 1869 con ladrillos de color rojo, fue la sede de las autoridades de Berlín del este tras la IIWW y en la actualidad sede del alcalde y el gabinete municipal. El edificio es un enorme cuadrado con una torre que nace de la zona central-frontal coronada con la bandera de Berlín.

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Torcemos la calle a la izquierda apartándonos de la plaza y nos cruzamos con una iglesia y un par de edificios municipales. Ninguno de ellos tiene especial interés y el hecho de que apenas haya iluminación lo atestigua. Volvemos a torcer a la derecha, con AlexanderPlatz mucho más atrás, con la intención de llegar al Ephraim Palais, un palacete barroco construido en 1766, demolido en 1935 en las obras de ensanchamiento del puente Mühlendamm, posiblemente por el origen judío del dueño, y reconstruido en 1983. Se dice que la esquina del edificio es la más bella de Berlín. Tampoco merece mucho la pena ir especialmente a visitarla, sinceramente. Seguimos caminando cuando vemos unas callejuelas que nos llaman la atención por su aire medieval. Sin saberlo estamos en el Barrio de San Nicolás, el barrio donde en su día se alzaron las casas más antiguas de Berlín y que entre 1979 y 1987 se reurbanizó intentando recrear un pueblo medieval. Con el desarrollo urbanístico el barrio ha quedado como un centro medieval aislado en plena ciudad, con sus estrechas calles con un encanto que se hace patente a pesar de que sea de noche y el ambiente de los comercios, bares y cafeterías no exista. Es otra muestra más de los contrastes y diversidad que hacen de Berlín una ciudad interesante. Paseamos por las callecitas peatonales y lo primero que nos encontramos es Nikolaikirche, el edificio religioso más antiguo del centro de Berlín. La construcción empezó sobre 1230 aunque lo único que se conserva de entonces es la gigantesca base de la fachada de dos torres, datada de alrededor de 1300. La iglesia es preciosa con sus dos esbeltas y unidas torres.

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Luego desembocamos a una plaza en la que una estatua nos llama la atención, con un caballero en su caballo matando a un dragón. ¿Sant Jordi? Nos acercamos y leemos la placa. Cuenta una historia muy parecida, la de San Jorge que representa la lucha del bien contra el mal.

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Salimos por el otro extremo de San Nicolás y volvemos a AlexanderPlatz. Pero en realidad estamos en la plaza Marx-Engels Forum, ya que entre la oscuridad de la noche, nos topamos con la famosa estatua de Marx y Engels. Desde aquí fijamos nuestra atención en la bonita estampa de la Torre de Televisión casi difuminada por la niebla acompañada por las formas de una noria y la Iglesia de Santa María, a la que nos acercamos para contemplar de cerca. La iglesia empezó a construirse en 1280 aunque la torre frontal fue introducida en el s.XV. La guía explica que los detalles ornamentales la hacen muy interesante aunque, dadas las horas que son, la encontramos cerrada.

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